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Manuel Arias Blanco, profesor jubilado de Secundaria
León

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Como estamos en tiempos de restricciones debido al coronavirus, nuestro comportamiento debe cambiar y así al combate contra el virus, a ver si por fin lo superamos. Es verdad que solo una vacuna eficaz puede limpiar el camino. Mientras, nos valemos de antivirales y medidas más sencillas, como las mascarillas, la distancia social, el aislamiento y la higiene. Por eso, a veces, nos confinan o perimetran el espacio, a fin de que el contagio no campe a sus anchas. Da la impresión, sin embargo, de que nos movemos sobre minas inesperadas. Pocos saben a qué atenerse. Y así nos va.

Hay algunas evidencias: el reforzamiento de la atención primaria, el abastecimiento de personal sanitario, el rastreo… apuntan a herramientas válidas para combatir el virus. No muy lejos estamos los demás a través de la prudencia, el aislamiento y la responsabilidad.

No todos luchan en las mismas condiciones: las personas mayores y los enfermos están en un escalón más propicio al desastre. De ahí que las residencias sean un campo abonado para la expansión del virus. Pero nadie está exento de caer en este proceloso mar, aparte de que sus secuelas están aún por determinar. Nadie está a salvo. Nadie puede alardear de su posición para saltarse las recomendaciones médicas. Nadie es nadie.

Se nos dice que los recintos cerrados alimentan el caldo de cultivo ideal para la infección. Por eso hemos de respetar los aforos y no saturar esas evasiones con risas y vocerío que, tarde o temprano, florecen en masivas infecciones. Puede que sean unos meses de cierta austeridad, pero estamos sembrando el futuro de buena semilla. Por el contrario, podemos llenar el camino de cruces indeseadas.

La tecnología nos puede ayudar a levantar el vuelo. Las empresas echan mano de medios técnicos adecuados para descongestionare los locales y facilitar la distancia. Algo similar han de sufrir lo estudiantes, quizás con más problemas por su difícil extensión. No todos disponen de estos medios y cuesta lo suyo adaptarse al ritmo de la normalidad.

Cada día nos informan de nuevos hallazgos y de la variabilidad del virus actual. Los aerosoles, el tiempo de estacionamiento del virus en ciertas superficies, la ventilación, los test… van y vienen y nos desorientan. Además, el hecho de que muchos sean asintomáticos nos lo ponen más difícil. Esto, a pesar de la buena voluntad de la mayoría de los ciudadanos. Si, además, añadimos a esto la gran irresponsabilidad de algunos, el panorama no deja de ser más que negro. No puede ser que alguien tenga síntomas y ande por ahí contaminando. No hay disculpas ni en los casos de extrema necesidad. La sociedad debe cuidar este estado de casos. La sociedad debe atender a esta gente que si no trabaja pasa hambre.

Y los más irresponsables son los que se las ingenian para transgredir las normas y así favorecer el contagio. No cabe apelar a la inmunidad de rebaño, ni al negacionismo, ni al hecho de saber que solo un porcentaje mínimo sucumbe. Bastaría una sola muerte para pensárselo dos veces y obedecer al milímetro las recomendaciones técnicas de los científicos. No se justifica ni una sola muerte cuando es fruto del desatino y la transgresión.

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Debemos ser serios por una vez. Esto dura mucho y acarrea desenlaces muy duros. Sujetémonos un tiempo. Será temporal y vendrán los felices años pasados, sin que tengamos que echar de menos a muchos seres queridos. No es hora de cribas, ni de triajes, ni de juventudes. Es hora de acariciar el hoy y tirar para adelante con el mayor coraje y la prudencia más ambiciosa. Se lo merece esta sociedad solidaria y amiga que ahora camina por una senda estrecha y sin destino cierto. Apuntémonos.