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León

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L argumento es recurrente entre quienes se oponen a sacar de la legalidad a Batasuna. Dicen que eso no resuelve el problema. ¿Pero cuál es el problema?. El problema es la claudicación del Estado y se trata de evitarlo por higiene democrática. Es una cuestión de principio. Resolver el problema es lograr que el Estado pueda mirarse a la cara sin que le caiga de vergüenza. En ese sentido, claro que se resuelve el problema si el Gobierno, el Parlamento y el Tribunal Supremo hacen lo que tienen que hacer en nombre de un triple mandato imperativo: jurídico, político y moral. El PNV debe reflexionar. El Gobierno le ha tendido la mano, dispuesto a negociar sus demandas de desarrollo estatutario, y le solicita su contribución en esta lucha en que hay vidas en juego. Reducir esta coyuntura a los simples términos de la rivalidad política, de la enemistad personal entre líderes, de las dificultades de comunicación entre opciones poco compatibles, sería una muestra de cortedad de miras. Dicen los obispos vascos que de la aplicación de la Ley de Partidos Políticos pueden derivarse «consecuencias sombrías». ¿Es que son luminosas las consecuencias de la vigente situación de impunidad legal para quienes apoyan el asesinato de una niña de seis años? Dice Arzalluz por esa boca de verbo tóxico que Dios le ha dado que la ilegalización de Batasuna, si finalmente la deciden los magistrados del Supremo, será el heraldo de la ilegalización de todo el nacionalismo. El argumento es tan precario, tan artificial -y al tiempo, tan perverso- que sólo revela el vértigo que debe sentir este terrorista de la palabra por haber metido al PNV en un callejón sin salida. Efectivamente, ahora el PNV tiene que retratarse. Una vez más, pero ya no quedan vías de escape como antes. El nacionalismo que gobierna volverá a quedarse a solas con el nacionalismo que acojona, como sucedió tras el abominable asesinato de Miguel Angel Blanco en julio del 97. Entonces se le ocurrió lo del Pacto de Estella y la tregua-trampa del nacionalismo que asesina. Ahora se le ha ocurrido lo de las famosas 37 transferencias pendientes como palanca conminatoria frente a un Estado que detesta. ¿Qué hará cuando llegue septiembre mientras ETA y Batasuna le siguen pidiendo socorro? El escenario es previsible: el PNV se quedará solo votando en contra de la ilegalización de Batasuna. Se repone el drama del partido de Arzalluz e Ibarretxe, obligado a retratarse frente a sus hermanos en la fe nacionalista. Las bombas de Santa Pola y Torrevieja no iban contra el Estado, del que ETA y Batasuna no esperan nada, sino contra el PNV. Una forma de recordarle que no hay marcha atrás en el proceso hacia una Euskal Herria como unidad de destino en lo universal.

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