TRIBUNA
Los errores de la república causaron la guerra civil
Entre el 11 y el 13 de mayo de 1931, un centenar de edificios religiosos fueron incendiados en varios puntos de España. ¿Cómo marcó este episodio el clima político del país?
Entre los muchos problemas con los que tuvo que lidiar la Segunda República, el religioso fue uno de los que más contribuyó a soliviantar los ánimos. Los nuevos gobernantes pecaban de un anticlericalismo desmedido, inclusive, superior a las persecuciones de los cristianos en la época de los emperadores romanos. Fueron masacrados más católicos durante la II República que en las diez persecuciones romanas. La represión en la zona republicana contra aquellos que profesaban la religión católica, según comentaristas e historiadores, fue de ochenta y cinco mil novecientos cuarenta, incluyendo todos los estamentos sociales. Estamos hablando de persecuciones, en exclusiva, de zonas republicanas: Madrid, Asturias, Valencia, Castilla-La Mancha. Que los lectores juzguen si hubiera ganado la guerra los republicanos cuantos fusilamientos se hubieran cometido en las zonas que estaban ocupadas por el gobierno de Franco. Probablemente se hubiera quintuplicado.
La II República nació hemipléjica por voluntad de sus progenitores, quienes desde el principio decidieron que nadie, salvo ellos, tenían títulos para gobernarla. Esta enfermedad congénita se iría agravando durante la corta vida de la criatura hasta su muerte prematura, a los cinco años. Pero la causa de este fracaso no está tanto en la escasa vocación democrática de quienes trajeron el régimen, sino en su empeño decidido por erradicar el catolicismo del alma de la nación, pues éste fue el primer objetivo de los padres republicanos, al que denominaron la cuestión religiosa. Ignoro por qué les estorbaba la religión. El pueblo español era católico, apostólico y romano. No era violento. Era pacífico. La violencia la provocaron quienes vieron en la religión todos los males sociales y políticos.
El asesinato masivo de católicos en la zona roja durante la Guerra Civil no obedeció al impulso espontáneo de una masa ignorante, sino que fue un fin premeditado y alimentado durante cinco años de fiera demagogia por quienes, por su responsabilidad, hubieran debido actuar, si no con mayor nobleza, al menos, con un mayor sentido de Estado.
No había pasado un mes de la proclamación de la República cuando comenzó la violencia contra la Iglesia Católica iniciada con la quema de conventos e instituciones religiosas. Esto fue el primer ensayo.
Desgraciadamente, los políticos que estuvieron al frente de la República de demócratas no tenían nada. De revolucionarios, mucho. Si analizamos el perfil de quienes ocuparon cargos políticos en la izquierda, salvo excepciones muy limitadas, eran revolucionarios comunistas, leninistas y anarquistas. Todos bebieron de las fuentes de la revolución rusa de 1917 y de sus máximos dirigentes, los Lenin y Troski que después de alcanzar el poder detuvieron a la familia imperial rusa. Los Romanov: el zar, la zarina y sus hijos fueron vejados, fusilados y los hicieron desparecer incinerados en una mina.
La revolución, los asesinatos fueron los estandartes de los dirigentes republicanos. La democracia para ellos era consentir objetivos mediante la violencia y el sistema para acabar con sus contrincantes.
Las elecciones de la II República, según investigadores, fueron un fraude. Ciento cincuenta mil votos fueron camuflados, se anularon o se sumaron a las izquierdas y que eran de las derechas. Aún más, también se pretendía descabezar a la derecha y para ello, sin juicio previo, ni se sabe el porqué se asesina a José Antonio Primo de Rivera y a Calvo Sotelo. El camino queda expedito para que el Frente Popular ocupe el poder y actúe según todos los principios revolucionarios y así se cumplió lo que dijera Francisco Largo Caballero a las derechas si no se las gana en las urnas se las gana con la revolución y la violencia.
La II República nació hemipléjica, repito, porque sus progenitores no tenían otro interés que adueñarse del poder no importando los medios a emplear. Ya sabemos que el comunismo alcanzó el poder en el mundo y lo alcanza con la revolución y las pistolas. Democráticamente no se conoce que el comunismo haya ocupado el poder en ningún país. El principio marxista es alcanzar el fin justificando los medios. Los del Frente Popular eran todos comunistas y socialistas revolucionarios. No olvidemos que el comunismo vivió siempre en el PSOE y fue Felipe González quien lo bautizó y le quitó el apellido de comunista.
A propósito de la Ley de la Memoria Democrática, inspirada en la que aprobó Zapatero porque su abuelo había sido víctima de la represión, se pretende cerrar una deuda de la democracia española con su pasado. Fue el peor engendro que parió la democracia. La deuda no se cierra porque esta ley no se hizo para las personas que fusiló, vejo, y echó a las fieras del zoo el bando republicano. Pedro Sánchez y sus socios de Podemos manifestaron que el Frente Popular era el Estado de Derecho. El bando republicano era el imperio de la ley. Veamos cómo se aplicaba el Derecho. Lo practicaron, como se ha dicho con Primo de Rivera y con Calvo Sotelo cuyo juicio terminó con un tiro en la nuca.
Este imperio de la ley, en muchas ocasiones, era ejercido por milicianos. Personas desarrapadas, presidiarios excarcelados por haber ganado el Frente Popular las elecciones. No eran soldados ni pertenecían al ejército, se unieron a él esporádicamente. De hecho, no llevaban uniforme. Se caracterizaban por llevar una indumentaria, llamada buzo. Eran incultos, obreros revolucionarios, salteadores de caminos, ladrones, que se habían afiliado a la CNT, FAI y UGT, sindicatos anarquistas, antifascistas, imbuidos de un odio hacia la religión. Estos eran los que apresaban a los miembros de la Iglesia y los sometían a juicio. Cuando los sacaban de un convento no era para juzgarlos ante un tribunal sino para fusilarlos. Si eran religiosas o mujeres católicas las vejaban, las violaban para satisfacer sus apetitos sexuales y las pagaban sus servicios desenfundando las pistolas.
El odio a la Iglesia, con quema de conventos, persecución y desaparición de miles de religiosos, religiosas, sacerdotes y católicos fue uno de los hechos más crueles cometidos por el Gobierno de la II República. Es célebre el dicho de Manuel Azaña ante la quema de conventos. Miguel Maura, ministro de Gobernación, le comenta que había que sacar a la calle a la Guardia Civil para impedirlo. Manuel Azaña les contesta: Eso nunca. Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano.
A pesar de este dicho, Manuel Azaña, ante la situación y deriva que había tomado la II República con revoluciones, proclamación de independencia de Cataluña, el ejemplo a seguir en el País vasco manifestó: Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere, pero estos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. O aquella otra: Os permito, tolero, admito, que no os importe la República, pero no tolero que no os importe España. El sentido de la Patria no es un mito. Criticaba a los políticos y decía: No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla. Tampoco quiero ser presidente de una República de asesinos, tratándose de desmarcarse de la represión permitida por las sectores más izquierdistas y revolucionarios.
Como se estaba aplicando el Estado de Derecho con fusilamientos, revoluciones, quema de conventos, no nos extrañe que una guerra civil se estaba cociendo
Yo no estoy legitimando ninguna guerra ni menos la guerra civil española, lo que sí digo y a tenor de los hechos acaecidos la causa de que haya habido una guerra civil en España tiene que ver mucho con la irresponsabilidad de sus gobernantes. Ellos provocaron y cuando se provoca siempre hay alguien que sale al ring.
La II República según los hechos mencionados y otros muchos más que están en los libros de la historia auténtica fue un cumulo de errores y como no se corrigieron alguien levantó las ancas y lo solucionó a tiros.
Si la II República no hubiera permitido tantos crímenes y consentir la destrucción del sentimiento religioso de España no hubiera habido guerras ni nadie hubiera desfundado el sable. La deriva revolucionaria, seguro sin guerra, hubiera producido muchos miles de muertos. La culpa y los errores fue de los dirigentes de la II República y su manera de aplicar el Estado de Derecho del que alardea Pedro Sánchez y sus socios.