Eugenio Nkogo Ondó​
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Profesor

De la visión realista a la surrealista de Ucrania

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En lugar de este título, tenía en la mente otro diferente sobre la «emigración», pero la lectura de Hay que ser realistas y apoyar a Zelenski, el artículo del reconocido periodista, F. Jiménez Losantos, que apareció en el diario El Mundo el 3/3/2025, un periódico que hace ya unos años viene junto con el Diario de León, me ha inspirado escribir estas líneas, en las que, tratándose de un conflicto de hace más tres años, debo sopesar si apoyar a Zelenski es una decisión realista o surrealista. Como estos dos términos requieren obviamente una breve referencia a sus raíces u orígenes, empezaré por puntualizar que siempre ha sido fácil de hablar del realismo y del idealismo como corrientes opuestas desde la antigüedad. Para el idealismo, las ideas eran las únicas realidades de las que participaban las demás cosas, de ahí la distinción entre el mundo inteligible y el sensible, habiendo conocido diversas versiones a lo largo de su historia. Mientras que, para el realismo, existen realidades exteriores distintas e independientes del acto por el cual las conocemos, siendo imposible reducirlas a este, lo mismo que la posición anterior contó con sus versiones, hasta alcanzar el umbral del siglo pasado donde cobra un nuevo impulso que continúa todavía entre nosotros, cuyo método a seguir infunde la obligación de apurar al máximo nuestras facultades cognoscitivas para no confundir lo verdadero con lo falso o la misma realidad con la ficción. Con lo cual, es preciso bajar, como arqueólogos, al fondo de la hermenéutica o la ciencia de la interpretación, dejando que las características del objeto nos hablen con el fin de que seamos capaces de describirlas tal cual nos aparecen, alejándonos de cualquier intento de deformarlas o de manipularlas. En este fondo, nació, como otros, un nuevo discurso: el del surrealismo. De él, nos cuenta André Breton, su máximo exponente, que:

«Es de muy mala fe que nos discutan el derecho de emplear el término ¡surrealismo! en el sentido más particular que lo entendemos, es evidente que antes de nosotros esta palabra no había hecho fortuna. Así pues, la defino de una vez por todas: «Surrealismo, n. m. Automatismo psíquico puro mediante el cual se propone expresar, sea verbalmente, sea por escrito, sea por cualquier otra forma, el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, en ausencia de todo control ejercido por la razón, fuera de toda preocupación estética o moral.» (André Breton,

Manifestes du surréalisme, nrf, Gallimard, Jean-Jacques Pauvert, p. 37). La duda metódica exige cierta cautela para acercarse a eso que se observa, a primera vista, como un irracionalismo en su sentido estricto, donde se explota este automatismo psíquico puro, exento del control racional y de cualquier referencia a la estética o a la moral, alejado del esquema psicoanalítico freudiano por donde era imprescindible partir del inconsciente, superar la censura del preconsciente y llegar al consciente, aunque él mismo nos haya advertido que la gran parte de nuestros contenidos mentales permanecen ocultos en el inconsciente. Por eso, el surrealismo fue la corriente del pensamiento más polémica del siglo XX, cuyos debates no creo necesario aludir aquí, sino reconocer, simplemente, la importancia de la extensa lista interdisciplinaria de surrealistas que el autor nos expone en las páginas 38 y 39 de su obra. A mi modesta opinión, esta expresión múltiple, es propia de una espontaneidad del psiquismo global que no es ni más ni menos que otra forma de racionalidad con su característico tono de abstracción. Como lo creó el mismo Breton, no creo que todos los que usen o hayan usado el término surrealismo alcancen este específico nivel con que lo expuso. No obstante, confieso que yo mismo guardo la experiencia personal de haber sido impresionado por la expresión poética del distinguido surrealista René Char, en París, en 2002, donde él ya había «hechizado» mucho antes al existencialista alemán, Martín Heidegger, en 1955. Tras esta precisión, retomo la opinión del señor Jiménez Losantos, quien se expresó así: «La izquierda y la derecha sensatas nos piden ser realistas y aceptar el diktat de Trump al dictado de Putin. Lo realista en los años 30, no fue lo de Chamberlain en Munich, sino lo de Churchill al declarar la guerra a Hitler y sin los USA. Lo realista en España, pensando en Ceuta, Melilla y las Canarias, es crear un ejército capaz de enfrentarse a Marruecos, aliado preferente de Trump. Lo realista en la UE sería negociar, si quiere, con Trump el precio de su esfuerzo militar temporal en Ucrania y forjar una OTAN sin los USA, un ejército que nos defienda. ¿Caro? Más lo será siempre la guerra. «Lo realista es apoyar a Zelenski. Una rendición ante Putin haría de la Europa del Este una inmensa trinchera. No sería la III Guerra Mundial, con la que Trump chantajeó a Zalenski. ¿Contra quién, si Putin, Trump y Xi están juntos? Lo sería contra las democracias europeas». Para verificar estas aserciones, en un espacio tan limitado como este, es recomendable ir a saltos entre los hechos, en cuyo caso, quizá no interese detenerse en la participación del primer ministro británico, Chamberlain, junto con sus homólogos, italiano, alemán y francés, en los acuerdos de Munich en 1938, eso sí que merece la pena apuntar que, aunque Churchill declarase la guerra a Hitler sin los USA, sin embargo, sería utópico o surrealista pensar que la hubiera ganado sin ellos y sin la doble estrategia del general de Gaulle que contó con la resistencia nacional y con los intrépidos guerreros de sus colonias africanas. Dicho esto, habría que recordar que, tras la segunda Guerra Mundial, con la puesta en marcha del famoso plan Marshall, la Europa occidental se quedó presa de una concepción del mundo, más bien surrealista que realista, impuesta por los USA que, en 1953, incorporaron a España en la órbita de su dominación e instalaron diversas bases de sus ejércitos, entre las cuales se encuentran las de Morón de la Frontera, Sevilla, y Rota, Cádiz. Ahí, en Andalucía, el 17 de enero de 1966, colisionaron dos aviones de sus fuerzas aéreas portando cuatro bombas termonucleares más destructivas que la de Hiroshima, provocando un accidente nuclear de grandes dimensiones en Palomares, en Cuevas del Almanzora, provincia de Almería. Unos meses después, D. Manuel Fraga Iribarne, superministro franquista de Información y Turismo, se bañó en la playa almeriense de Quitapellejos, con el fin de convencer a los autóctonos y a los turistas de que allí no había pasado nada, cuando se sabe al contrario que los efectos catastróficos de aquella colisión aérea afectaron, afectan, negativamente hasta hoy al equilibrio medioambiental y humano de la zona. Nueve años más tarde, en noviembre de 1975, los USA serán el gran protagonista de la conferencia de Madrid donde se firmó el pacto definitivo de la cesión del Sahara a Marruecos y a Mauritania. Por lo tanto, no se puede afirmar que «Lo realista en España, pensando en Ceuta, Melilla y en las Canarias, es crear un ejército capaz de enfrentarse a Marruecos, aliado preferente de Trump», porque Marruecos no sólo es aliado privilegiado de Trump, sino que lo ha sido de los gobiernos americanos anteriores a él, a partir de Gerard Ford cuyo secretario de Estado, Henry Kissinger, apoyó la Marcha Verde de Hasan II, que fue el principio y el fin de la ocupación militar del Sahara, en detrimento de los intereses españoles, una humillación que ha sido nuevamente reafirmada y reiterada por Joe Biden al gobierno de Sánchez en marzo de 2022. En uno de mis artículos publicado en el Diario de León, el 21 de junio de 2022, con el título de

Entre las bombas y la ilusión de la paz mundial, intenté reproducir algo del testimonio de Willie Wimmer, un antiguo diputado de la CDU (partido de centro-derecha) y secretario de estado en el Ministerio Federal de Defensa de la República Federal Alemana, quien, en diciembre de 1989, recordó al canciller Helmut Kohl que, en los acuerdos de la unificación alemana, se tomó la firme decisión de no acoger las tropas de la OTAN en el territorio de la antigua República Democrática Alemana y limitar su expansión al río Oder. Por eso, censuró públicamente la mala orientación de la política alemana y occidental que, habiendo hecho caso omiso de lo acordado, adoptaron la Doctrina Wolfowitz y, en 1992, metieron rápidamente a todos los países del Este, excepto Ucrania, en la Alianza colocando sus bases en las fronteras más cercanas a Rusia. Eso demuestra que es incierto pensar que «lo realista es apoyar a Zelenski» y que «una rendición ante Putin haría de la Europa del Este una inmensa trinchera», sin analizar el verdadero origen del conflicto. En último término, en cuanto a «la III Guerra Mundial, con la que Trump chantajeó a Zalenski», es evidente que la situación ha cambiado y que, en este momento, Trump es más realista que Zelenski y los países occidentales que lo apoyan. Al respecto, es preciso aclarar que el presidente americano confirma la concepción imperialista de la guerra mundial, por la que esta tiene lugar únicamente cuando hay enfrentamientos entre imperios, olvidándose de que, desde 1960 hasta hoy, el mundo está amenazado por los efectos desastrosos de la III Guerra Mundial que estalló hace más de setenta años, con la aplicación a rajatabla de su acta, La Charte de l’Impérialisme ou «La Charte de la Servitude», cuya versión inglesa, Imperialism Charter Concerning Third World Countries, es más explícita que la anterior y va acompañada de algunos vídeos. En esta convulsión, los que de verdad reflexionan sobre el desarrollo integral, el progreso, el bienestar y la armonía entre los pueblos, estarán constantemente reclamando a los que pueden hacer valer su buena voluntad, a todos los que luchan por la justicia universal, a que unan sus esfuerzos en la búsqueda de los medios pertinentes a la consecución de la auténtica paz mundial.