Jorge Díez Fernández

Concejal Del Ayuntamiento De Santovenia De La Valdoncina

La estrategia del conformismo: anatomía de una resignación nacional

El Gobierno no gestiona crisis, gestiona relatos sobre crisis. No resuelve problemas, construye narrativas sobre problemas

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España se desmorona ante nuestros ojos mientras la ciudadanía observa con una pasividad inédita. El actual Gobierno ha perfeccionado un sistema de control social que neutraliza cualquier intento de contestación efectiva, convirtiendo problemas estructurales en debates ideológicos vacíos y creando una sociedad de espectadores impotentes. La paradoja más absurda es ver a un gobierno que, ante cada crisis, en lugar de ofrecer explicaciones, las exige a todos los demás: a la oposición, a los medios, a los ciudadanos críticos, incluso a las propias víctimas de su gestión deficiente.

El deterioro es innegable y omnipresente. Infraestructuras que fallan constantemente: trenes, que hace pocos años indemnizaban por retrasos, y ahora, se detienen por averías sistemáticas, apagones eléctricos que antes eran impensables y ahora se presentan como «pruebas de la fortaleza del sistema». Hospitales y sistema sanitario colapsados con listas de espera y la inexistencia de médicos para atenderlas. Administraciones públicas inaccesibles tras barreras de citas previas a varios meses vista, cuando antes podías presentarte físicamente. Viviendas a precios prohibitivos mientras los políticos discuten sobre términos ideológicos en lugar de implementar soluciones reales. Lo verdaderamente alarmante no es solo este deterioro, sino la maestría con que el Gobierno ha desactivado cualquier reacción ciudadana. Su estrategia sigue patrones reconocibles: primero, negar rotundamente la existencia del problema; después, cuando el problema se hace evidente, minimizarlo como algo puntual; luego, culpar a factores externos o a la oposición; finalmente, si se produce alguna mejora, atribuirse todo el mérito mientras se silencian las deficiencias estructurales que causaron el problema. La realidad económica maquillada es otro pilar del engaño colectivo. Los «fijos discontinuos» que no trabajan, pero no aparecen en las estadísticas de desempleo. Datos macroeconómicos presentados sin contexto para crear una ilusión de prosperidad que contrasta con la realidad cotidiana de familias que no llegan a fin de mes. La vivienda se ha convertido en un bien de lujo mientras el gobierno debate sobre términos abstractos en lugar de implementar medidas efectivas. Y cuando se le cuestiona, el Ejecutivo responde exigiendo explicaciones a quienes osan dudar de sus cifras, invirtiendo los roles de fiscalizador y fiscalizado en un ejercicio de distorsión democrática sin precedentes. El Gobierno ha desarrollado una técnica perfecta para neutralizar escándalos: la distracción continua. Cada vez que surge un caso comprometedor —nombramiento de familiares en empresas recientemente intervenidas, gastos injustificados, investigaciones judiciales a miembros del gobierno o personas cercanas- inmediatamente aparece una nueva polémica fabricada que monopoliza la atención mediática. El ciudadano, bombardeado por nuevas controversias, pierde la capacidad de seguimiento de los escándalos anteriores, que quedan impunes y olvidados. La captura sistemática de instituciones ha eliminado los contrapesos democráticos. Medios públicos convertidos en altavoces gubernamentales, organismos reguladores dirigidos por fieles al poder, empresas estratégicas colonizadas por redes clientelares. Esta ocupación institucional asegura que cualquier crítica sea inmediatamente contrarrestada por una narrativa oficial que cuestiona los hechos básicos y convierte la realidad en materia opinable. La polarización es el armamento más efectivo del régimen. Cualquier crítica, por objetiva que sea, es inmediatamente etiquetada como posicionamiento ideológico del adversario. Esta estrategia convierte problemas reales (infraestructuras que colapsan, servicios públicos degradados, corrupción sistémica) en debates identitarios donde los hechos son irrelevantes. El gobierno no necesita explicar sus fracasos, solo señalar que la crítica proviene del «otro lado». El clientelismo ha creado redes de dependencia. Un sistema de subsidios, ayudas y beneficios discrecionales genera lealtades personales o colectivas que neutralizan la capacidad crítica. La precarización generalizada hace que cualquier pequeña ayuda sea vital, inhibiendo la protesta por miedo a perder esos mínimos beneficios. Mientras tanto, quienes aplauden son recompensados con acceso privilegiado a recursos públicos. La fabricación de enemigos externos mantiene a la población en estado permanente de alerta identitaria, desviando la atención de los problemas reales. El Gobierno no gestiona crisis, gestiona relatos sobre crisis. No resuelve problemas, construye narrativas sobre problemas. Esta técnica ha perfeccionado la antigua estrategia del «pan y circo», adaptándola a la era digital: indignación permanente y soluciones inexistentes. La memoria colectiva ha sido fragmentada. Ya no recordamos cuando los trenes llegaban puntuales, cuando podías acceder a un médico sin meses de espera, cuando la administración estaba al servicio del ciudadano y no al revés. Esta amnesia inducida impide las comparaciones que evidenciarían el deterioro progresivo. El verdadero triunfo del sistema es haber normalizado lo inaceptable. Situaciones que en otra época habrían provocado protestas masivas —corrupción al descubierto, nepotismo evidente, infraestructuras colapsadas— hoy generan solo resignación. La ciudadanía ha sido educada en la impotencia, en la aceptación de que «así son las cosas», en la creencia de que la protesta es inútil. Mientras tanto, el Gobierno ha perfeccionado el arte de exigir explicaciones cuando debería darlas, convirtiendo cada crisis en un interrogatorio a la oposición, a los medios o a los ciudadanos críticos. ¿Dónde están las manifestaciones masivas que antes llenaban las calles por causas menores? Han sido sustituidas por indignación digital sin efectos prácticos, por debates estériles en redes sociales que se disuelven en la nada. La energía ciudadana es canalizada hacia confrontaciones ideológicas mientras el deterioro real continúa imparable. Esta es la verdadera obra maestra del gobierno actual: haber construido un sistema donde la crítica es inefectiva, donde la responsabilidad se diluye, donde la realidad objetiva es constantemente cuestionada, donde el ciudadano ha sido reducido a espectador pasivo de su propio declive. No necesitan reprimir la protesta porque han conseguido algo más efectivo: desactivarla desde su origen, convirtiendo ciudadanos en súbditos resignados de un sistema que funciona precisamente gracias a su pasividad. España no es ya una democracia de ciudadanos activos sino una sociedad de espectadores impotentes que observan, comentan, se indignan momentáneamente y olvidan, mientras el deterioro institucional avanza sin freno y sin consecuencias para sus responsables. Esa es la verdadera crisis de nuestro tiempo: no solo el deterioro material, sino la erosión de nuestra capacidad colectiva para exigir algo mejor.