Matías González

Sociólogo

Verano se escribe con RR

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Volvió el verano y volvieron los estruendos de todos los colores: tronaderas de cohetes y tracas en ferias y fiestas; rugideras de aviones y avionetas por los serenos cielos; stacattos de traps y reguetones por parques y terrazas. Y bramaderas de harleys, vespinos, squads, por trochas y mochas.

Los veranos con sus cálidas noches, sus mansos cielos y sus tórridas sobremesas son campo abierto para los rampantes devotos del culto a RR: la letra en cuya onomatopeya se concentra con asombrosa precisión el núcleo sonoro de cualquier máquina motorizada. Hubo individuos, e individuas, que veneraron a soles y lunas, a mozalbetes mofletudos recostados sobre un brazo con expresión de estar a gustito, a convictos clavados en una cruz, chorreando filamentos sanguíneos. Los sapiens veneran muchas cosas: astros, príncipes, carpinteros, en épocas teocráticas, equipos deportivos, grupos musicales, en los tiempos descreídos donde andamos ahora. Y los hay que rinden culto al icono emblema de nuestro mundo industrial: el motor, En todos sus distingos: automóviles, motobombas, motosierras, desbrozadoras, motocultores, cortacéspedes, fuerabordas. Bien podemos llamar a los crédulos fieles de esta iglesia pagana: motólatras, motoyonquis, o motarras, para aligerar peso. De acuerdo, no hay manera de vivir en este mundo que nos toca, sin andar a motor, descorchar una botella en Navidad o achicharrarse una tarde en la playa. Pero ustedes bien saben que una cosa es el uso y otra el abuso. Paréceme a mí, a fuer de atrevido, que toda esta feligresía que venera el crujido de pistones en el vientre del centauro, no hacen sino disimular con exceso de decibelios los defectos de su voltaje molecular. No conozco ninguna estadística que lo describa pero ahí queda la hipótesis para doctorandos de biología. Bien es sabido que «dime lo que te falta y te diré de qué presumes».