Pedro Bahíllo

Agente Medioambiental Y Licenciado En Psicología

La cultura forestal después del fuego

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Ardieron los brezos, las escobas y las carqueixas; extendiéndose nuevamente con el fuego como dos amantes. Ardieron grandes extensiones con sus manchas de jovencísimo rebollo, encina o alcornoque, que perecieron soñando con alzarse como las bóvedas de un templo. Lamieron con lenguas de fuego las orillas de bosques caducifolios, reduciéndolos, respetando solo sus verdes corazones, corazones enmarcados en el negro que arrastrará la escorrentía como lava hacia los arroyos; respetando el soto de castaños de las Médulas, mina ayer de tierra y hoja, hoy también ceniza.

Yo soñé con otras casas, casas de Valsaín, Vinuesa, de la sierra de Cuenca, casas que huelen a madera, a sierra y hongos, casas donde aún se escucha el canto de los niños; donde simples vías de saca de troncos que serán mesas, tarimas… hogares, avergüenzan los caminos que aquí se dicen carreteras y que conducen a mis pueblos, pueblos viejos, olvidados, improductivos. Yo anhelo ese legado cultural de casas que huelen a madera, resina, hongos, sin avergonzarme de nuestro ayer de fuego y de ganado. No juzgo desde un cómodo presente a mis mayores, que hicieron de los cerros pastos de llamas con los que obtener brotes nuevos; brotes de la urz para producir cabritos, raíces de la urz para calentar hogares. El brezo y las carqueixas cubren la superficie de nuestros montes y compiten con el pino silvestre, el roble, los madroños… abrasándolos antes de que lleguen a ensombrecerlos con sus copas, privándolos de la luz que les da la vida. El fuego es su amante y aliado. Cae la chispa de una tormenta o el odio de una cerilla, y el brezo se entrega al fuego deseando arder, nutriéndolo, extendiendo voraces lenguas que provocarán chispas que el viento lanzará muy lejos, multiplicándolo, y finalmente formando un solo titán cegador que todo lo abarca, imparable, descontrolado. Morirán brinzales de pinos, de robles, de madroños… y el brezo brotará de nuevo y dominará sin competencia formando una inmensa alfombra uniforme, sin dibujos ni contrastes, pobre y degradada, aunque ya no haya ganado ni cultivos ni un solo pretexto que justifique la cultura del fuego. Oikos es la palabra griega, palabra que da origen al prefijo eco, de ecología y de economía. Oikos es la palabra griega que significa casa, y que forma ecología (conocimiento de la casa) y economía (administración de la casa). Mi oikos, mi Bierzo, es hoy un lugar en manos muertas donde solo Ocero o Fresnedo muestran el camino, mi Bierzo se quemaba para arrancar el fruto de la tierra y hoy lo hace por pura desidia. ¿Por qué no arde Soria, Segovia, Cuenca? ¿Por qué en aquellas casas no se juega con fuego? ¿Por qué allí los jóvenes tienen oportunidades ligadas al bosque? Su casa produce madera, la nuestra fuego; su casa huele a sierra y la nuestra a humo. Y al final me veo midiendo palabras, usando la lírica, seduciendo para llegar al corazón y no a los fríos prejuicios, para contribuir con palabras lo que Fresnedo hace con el ejemplo: convencer a quienes conmigo habitan tierras bercianas sobre la necesidad de una cultura forestal, donde el placer de conocer la casa (ecología) se hace de la forma más inteligente, es decir, sabiendo cómo administrarla (economía). Donde hay un lugar para la frondosa y también para los pinos, donde no parezca un loco ese alcalde que propone en determinadas zonas negras sembrar abedul, pino pinaster, laricio o silvestre, aprovechar que esas plantas, y no otras, si pueden en los suelos pobres y mil veces quemados competir con el matorral y ahogarlo con su sombra. Algún día esa cultura de bosques mixtos, de protección de los valores naturales y de producción de madera se establecerá en nuestro Bierzo, y nos dará una oportunidad para mitigar la despoblación y acabar con las manos muertas.