Antonio J. Perez Blanco
​EXCONCEJAL DE CIUDADANOS EN EL AYUNTAMIENTO DE LEÓN

Exconcejal De Ciudadanos En El Ayuntamiento De León

La aritmética del rescate: por qué el voto útil es el único camino

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La política española se encuentra en una encrucijada donde la pasión ideológica y la fría matemática electoral han entrado en colisión. Tras analizar las estimaciones demoscópicas de los últimos quince días —obviando las ocurrencias del señor Tezanos—, se desprende una conclusión tan nítida como alarmante: la alternancia política está al alcance de la mano, pero corre el riesgo de naufragar, una vez más, por la fragmentación del voto del centroderecha.

Es imperativo que el votante de centroderecha comprenda que en las próximas elecciones no se vota para elegir un color preferido, una ideología, sino que se trata de activar la palanca del ¡rescate nacional! Para entender la magnitud de la tragedia electoral que supuso la división en 2023, debemos mirar las cifras que el sistema nos arroja. El Partido Popular necesitó una media de 59.000 votos para obtener cada uno de sus 137 escaños. En cambio, el voto a Vox se convirtió en la mayor fuente de ineficiencia del bloque constitucionalista. Con más de tres millones de sufragios, Vox solo obtuvo 33 diputados. El dato escalofriante es que más de 2,2 millones de esos votos —casi el 73% de su apoyo total— fueron «votos huérfanos». ¿Qué significa esto en la práctica? Significa que, en decenas de provincias medianas y pequeñas, miles de ciudadanos depositaron una papeleta que no sirvió para enviar un representante al Congreso, pero que, por el perverso efecto de los restos electorales, facilitó que el último escaño en disputa cayera en manos del bloque gubernamental. No es una crítica a los ideales de Vox; es una denuncia de la física electoral: un voto que no se convierte en escaño es un voto que trabaja para la continuidad de lo que se pretende cambiar. La urgencia de concentrar el voto en el Partido Popular no responde a una cuestión de siglas, sino de higiene democrática frente al actual modelo de gobernanza. El «Gobierno Frankenstein» no es una coalición ideológica coherente, sino una estructura de supervivencia basada en dos pilares que comprometen el futuro de España. Por un lado, encontramos a una ultraizquierda cuya supervivencia personal y política depende exclusivamente de su apoyo incondicional al poder. Sus congresistas son conscientes de que, fuera de este paraguas de coalición, sus siglas caminan hacia la irrelevancia o la desaparición. Por tanto, su lealtad no es hacia un programa, sino hacia su propia nómina pública, lo que los convierte en socios cautivos de cualquier desvarío del Ejecutivo. Por otro lado, el Gobierno se apoya en una constelación de partidos nacionalistas e independentistas que han despojado a la política de cualquier sentido del Estado. Para estas formaciones, España es una despensa a la que acudir para saquear recursos en beneficio exclusivo de sus comunidades autónomas, quebrando el principio de solidaridad y la igualdad entre españoles. Cada concesión del Gobierno a estos grupos no es un pacto, es un peaje que pagamos todos los ciudadanos para que el inquilino de la Moncloa pueda dormir una noche más en su residencia oficial. Las encuestas actuales indican que el bloque de centroderecha se mueve en una horquilla de entre 173 y 190 escaños. La distancia entre el bloqueo y la mayoría absoluta es de apenas un puñado de diputados en provincias clave como Sevilla, Cádiz, Málaga o Toledo. Si logramos que apenas el 50% o 60% del voto que hoy se dirige a opciones sin posibilidad de escaño provincial se concentre en el Partido Popular, la mayoría absoluta de 176 escaños dejaría de ser un deseo para convertirse en una realidad matemática. No necesitamos que Vox desaparezca del mapa ideológico de quienes se sienten identificados con sus propuestas; necesitamos que el votante pragmático entienda que, en provincias con menos de 7 escaños, votar a la tercera o cuarta fuerza es, de facto, votar por la permanencia del statu quo actual. La concentración del voto en el PP actúa como un multiplicador: permite «robar» el último escaño a la izquierda y al nacionalismo con una eficiencia que Vox, por su distribución nacional, simplemente no puede ofrecer. El argumento de que el PP «no es lo suficientemente contundente» es un lujo intelectual que España no puede permitirse. La contundencia se demuestra gobernando, y para gobernar hace falta una mayoría aplastante que no dependa de chantajes. Si el objetivo es derogar las leyes que dividen a la sociedad, recuperar el prestigio de las instituciones y sanear la economía, la única vía es una victoria tan rotunda que deje sin opciones a quienes quieren ver a una España débil y fragmentada. El cambio no vendrá de la mano de un testimonio ideológico que se queda a las puertas del Congreso. El cambio vendrá de la mano de una papeleta que cuente, que sume y que decida. Es hora de dejar atrás la política de los sentimientos y abrazar la política de los resultados. El voto útil al Partido Popular es la única garantía de que España recupere su rumbo, su dignidad institucional y su igualdad territorial. Cualquier otra opción, por muy noble que sea su intención, es un balón de oxígeno para un modelo de gobierno que ya no da más de sí.

El voto útil al Partido Popular es la única garantía de que España recupere su rumbo, su dignidad institucional y su igualdad territorial