Adiós, compañera Milagros Arroyo Santos
Si hay sangre, van a urgencias médicas; pero los desgarros emocionales no cuentan con profesionales adecuados… en el momento oportuno
El día 29 de diciembre de 2025, casi centenaria se nos ha ido, sin hacer ruido y con un silencio atronador, paradójico. Milagros era una mujer de apariencia frágil, muy frágil, pero en realidad, los que la conocíamos y tratábamos en la cercanía sabíamos que era como un junco o una correa muy firme. Se cimbreaba en medio de todas las tormentas. Como trabajadora social fue siempre un modelo de trabajo y compromiso. Si bien no tuvo hijos, la profesión la convirtió en madre solícita y siempre dispuesta para pisar todos los charcos de la pobreza, de la penuria, de la soledad, sin miedo a embarrarse hasta las cejas, con tal de conseguir los apoyos necesarios a la hora de hacer justicia al pobre, al débil y al necesitado. Inquieta andariega, como Teresa de Jesús o Teresa de Calcuta, su lugar de trabajo era mayoritariamente la calle; nunca cedió a la tentación que inutiliza la labor social de muchos funcionarios de los CEAS, los cuales, de 8 a 3 y de lunes a viernes, se encierran en sus despachos, como si fueran auxiliares administrativos, y esperan que los/las clientes vengan a «despachar».
Mila y yo aterrizamos en San Cayetano el 1 de julio de 1985. Con sor Carmen Toribio formamos desde el primer momento un trípode muy firme, trípode que un grupo de arriba y abajo intentaron derribar con difamación y tropelías infames, pero no pudieron, porque tuvimos el mejor soporte: el abogado Matías Ruiz de Chiclana, esposo de Milagros, ambos honrados a carta cabal y un ejemplo que hoy echamos de menos. De la Escuela de Trabajo Social de León han salido cientos de buenos profesionales como Olga Cobo a quien se ha honrado con una calle en la ciudad; sin hacer desdoro de nadie, creo que Milagros reunió en su currículo iguales, si no superiores méritos. Videant Cónsules; merecemos subrayar el valor de los mejores y Mila está entre lo mejor del servicio social en la provincia y en la autonomía. Milagros tenía muy clara la función de los trabajadores sociales y con su vida fue una auténtica maestra y modelo de servicio. Valiente hasta dejar desconcertados a los políticos que, en lugar de trabajar por el pueblo que los había elegido, se dedicaban a abusar del poder o lo usaban mayoritariamente para su propio provecho, incumpliendo sus obligaciones fundamentales. Milagros no les tenía miedo. Fui testigo en múltiples ocasiones del lenguaje y la crítica durísima que empleaba con diputados en el cara a cara del despacho provincial. A más de un botarate ella le leyó la cartilla sin dejarle rechistar, reconviniéndole la conducta inapropiada de cernícalo lagartijero. Milagros se nos fue con una pena muy grande: Ella y sor Carmen Toribio Losa, compenetradas con el mismo ideal, se murieron a pie de obra sin haber conseguido que en la provincia y en la autonomía de Castilla y León se creara un Servicio Social de emergencias, con guardia permanente desde las tres de la tarde hasta las 8 de la mañana (una especie de hospital social de campaña). Las emergencias sociales graves suelen presentarse cuando los padres y los hijos vuelven al hogar; por la mañana, unos en el trabajo y otros en la escuela, no chocan, pero a la vuelta, tras la jornada laboral y escolar, con el cansancio y los problemas de cada uno, fácilmente salta la chispa que inflama la hoguera y sus protagonistas casi siempre acaban en el sitio más inadecuado para curar heridas familiares: la comisaría o el cuartel. Y no digamos los fines de semana y los festivos. Si hay sangre, van a urgencias médicas; pero los desgarros emocionales no cuentan con profesionales adecuados… en el momento oportuno. Trabajan solo de 8 a 15. Hasta el día siguiente nadie responde adecuadamente y así, la salud mental de este país no se cuida y llegamos tarde, porque no se atienden a tiempo los problemas. Las riadas no se arreglan cuando los puentes ya se los ha llevado el diluvio o la tormenta. Unos buenos profesionales de guardia (dos, tres por provincia) para emergencias sociales, es un servicio barato y evitaría muchas tragedias y muchos trastornos, que todos lamentamos después y cuyo coste es cuantioso y no se valora bien su beneficio. Milagros siempre fue clarividente y firme pidiendo unos servicios sociales ágiles, creativos y la plural formación de sus profesionales, ajustados a las necesidades de los colectivos vulnerables. No es lo mismo el trabajo social en un complejo sanitario, en un centro penitenciario, ni un CEAS de ciudad es lo mismo que un CEAS de zona agrícola o de montaña. Tenemos mucho que aprender, pero hemos perdido una gran persona, una excelente profesional, una gran maestra y servidora pública, merecedora del cariño y respeto de cuantos recibimos su ejemplo, sus enseñanzas y su amistad. Mila, has vuelto a juntarte con Matías y con sor Carmen. Sed nuestros protectores, porque este País cada día necesita más trabajadores como tú: valientes, honrados y dispuestos a jugarse la vida, en el despacho las de hospitales y prisiones, auténticos baluartes de los pacientes y de los profesionales que traban con ellos, y pisando todos los caminos embarrados y sin asfaltar cuantos pastoreáis por el campo y la montaña. Como te incineran el 31 de diciembre, que Dios, del que fuiste mano abierta y bien dispuesta, te conceda el descanso en eterno Año Nuevo.