Gonzalo F. González Cayón

Abad De La Imperial Pendón De San Isidoro De León

Urraca I, Imperatrix: nieta, hija y madre del imperio leonés

Es una mujer excepcional, que supo heredar, gestionar y transmitir su cometido transcendental en difíciles tiempos

Creado:

Actualizado:

En este IX centenario (1126-2026) de la muerte de Urraca I, Reina de León y Castilla y la coronación real de su hijo Alfonso VII, en el que celebraremos ambos hechos, el título del presente artículo, quizás sea la mejor definición de esta mujer que dejó una huella imborrable de la herencia recibida y vivida en primerísima persona, habiendo sabido adaptarse y sobreponerse a las cambiantes situaciones sobrevenidas a lo largo de toda su trayectoria vital. Desde esa monarquía hereditaria, recibida no solo a través de las propiedades visibles, determinadas en territorios, palacios, castillos, villas, monasterios, vasallajes y demás pertenencias cuantificadas, sino también en lo que de verdad deja la herencia genética de un pensamiento y sentimiento de esa estirpe especial que transfiere estos fines, a través de formas y actuaciones predeterminadas.

Nuestra Reina es educada de una manera especial y se convierte en transmisora —a modo de heroína por el hecho natural de ser mujer, desde que nace, posiblemente en Sahagún (1081), hasta que acaba su vida en el castillo de Saldaña (1126), un lugar tranquilo para sus últimos días — de una idea imperial romana, luego recogida por los visigodos y finalmente defendida en los últimos reductos por los astures, pobladores del río Astura, que emana de la cordillera cantábrica, a raíz de la invasión musulmana del siglo VIII, dentro de la unificación cristianizada de un territorio natural, la península ibérica primero y luego la hispánica de los romanos, desde los Pirineos a Faro y desde Almería a Finisterre. Todo ello se resume en la Reconquista, durante ocho siglos de la edad media. Ella, Urraca I, encarna la potestad de una persona que ha recibido un encargo testamentario, «reinar y gobernar», lo que supone una imposición primigenia de recuperar miles de kilómetros cuadrados, para ser habitados por ciudadanos cristianos. No tenemos que olvidar que es nieta, por línea directa, de la Reina Sancha, también Reina potestativa de León, casada con Fernando I, a quien, por el muy buen entendimiento entre ambos, le permitió intitularse y ejercer como «Rex» e incluso «Imperator», definición que ya habían utilizado, en siglos anteriores, otros monarcas como Alfonso III y Alfonso V. Un matrimonio cohesionado, Sancha y Fernando, que dieron un gran impulso a esa conquista de espacios territoriales incluso por debajo del «padre» Duero, y también a los espirituales, como la ampliación de la iglesia palatina de San Isidoro y el Panteón Real de León. En esa línea sucesoria era hija de Alfonso VI, apodado el Bravo, especialmente por llegar con sus avances al Tajo y conquistar en 1085, esa ciudad talismán que era Toledo, como Ciudad Primada y capital del reino visigodo, donde San Isidoro, en el IV Concilio, impulsó el paso del arrianismo al cristianismo, ya desde los s. VI y VII. Asimismo la importancia de la influencia de su madre, Constanza de Borgoña, venida de los reinos francos, tuvo repercusión en esta hija llamada a reinar, entre una mayoría de hombres. De ahí el especial valor de su cometido cumplido, después de haber librado la vida, junto con la de su hijo Alfonso, en la encerrona de la batalla de Villadangos (1111), gracias a la inestimable ayuda del obispo Gelmirez, de Santiago de Compostela, al que siempre, a pesar de sus desavenencias posteriores, le estuvo siempre agradecida. Urraca también ostentó la intitulación de Emperadora, en algunos documentos y también en una moneda muy especial, acuñada en su época, con su cara en el anverso y apareciendo en el reverso, la palabra Imperatrix. Pero la cadena hereditaria continúa y en 1105, en su palacio de Caldas de Reis, en Galicia, Urraca es madre de su hijo «Alonso», Alfonso, denominado por su orden, el VII, que recogió todo esto que venimos describiendo, ese sentimiento y espíritu de estirpe para unificar los reinos cristianos en la península. Alfonso VII nunca se olvidó de su madre, la reina Urraca, teniéndola siempre presente, hasta el punto de volver al mismo castillo del Condado de Saldaña, donde había acaecido el fallecimiento de su querida progenitora (8 marzo 1126), para la celebración de su primer matrimonio con Berenguela de Barcelona (1128), con grandes festejos y corridas de toros, siendo la primera mención documental que existe, referida a la hoy reconocida como «fiesta nacional española». Con posterioridad, fue coronado «Imperator Totius Hispaniae», el 26 de mayo de 1135 en la catedral de León, con la presencia de los reyes y representantes de toda la nobleza, el clero y los caballeros, de todos los confines, desde el Ródano hasta el Guadalquivir, además de alguna taifa musulmana. Había llegado al culmen de ese Imperio Leonés, siendo entronizado y coronado como Emperador. El único en la historia de España, hasta nuestros días. Pero no satisfecho con ese logro, sigue en su empeño y pasa el Guadiana, llega al Guadalquivir, toma Baeza en julio de 1147 y funda la «Confratérnitas» más antigua que sigue activa al día de hoy, intitulándola también Imperial del Pendón de Baeza ó de San Isidoro de León, cumpliendo a continuación un sueño de sus antecesores en el Reino de León , como era «poner los pies», por primera vez, en el mítico Mare Nostrum,, el mar de mares del Imperio Romano, bastión de la cultura de Occidente, perviviendo por los siglos, hasta ahora mismo. Conquista la ciudad de Almería, el más importante puerto marítimo occidental, en octubre del mismo año de 1147, siendo iniciada por el Papa y considerada una gran Cruzada, pues también requirió el apoyo del ataque por mar, de otros estados europeos mediterráneos, genoveses, sicilianos, venecianos, napolitanos e incluso el propio vaticano. De tal magnitud es considerada esta Cruzada, fuera de Tierra Santa, que el Papa le reconoce su título de «Emperador de las Españas», concediéndole la máxima distinción que entrega un Pontífice, hasta nuestros días. El Papa Eugenio III le entrega, en 1148, la segunda «Rosam Auream» de la historia pontificia, durante el Concilio celebrado en Reims, con la asistencia de los cardenales, arzobispos y obispos de los reinos hispanos y de los demás reinos de su tiempo. A mayor gloria, consumada su vida (1157), se cumple su deseo de ser sepultado en la Catedral Primada de Toledo, estando allí desde entonces. La Imperial Ciudad de Toledo lleva esa intitulación desde que Alfonso VII, el Emperador, se encuentra en el panteón preeminente de su Capilla Mayor. Es el relato histórico de una mujer excepcional, Urraca I, Reina de León que supo heredar, gestionar y transmitir su cometido transcendental de una manera insospechada, en aquellos difíciles tiempos pretéritos de la edad media, depositándolos en el continuador dinástico, su hijo, el gran Alfonso VII.