Perdón hoy le suplico, don Antonio (Viñayo)
A lo largo de mi —relativamente, claro— azarosa vida me he visto obligado a arrepentirme de innumerables pecados, mortales más de las veces, peccata minuta muchas más. Y no es que uno recayera en tales fallos o maldades de una manera consciente («a propio intento», que diríamos los leoneses viejos) sino por descuido, frivolidad o simplemente por mala cabeza.
Dejo dicho lo anterior porque una de esas espinas que aún llevo clavadas en mi mala conciencia tiene mucho que ver con León y concretamente con uno de sus sabios más brillantes, o sea don Antonio Viñayo González (A.V.), el que fuera abad de la Real Colegiata de San Isidoro y al que ofrezco desde aquí, con corazón contrito, este propósito de enmienda; al cabo de un ominoso retraso más de medio siglo. ¿Pues de qué me debo yo a arrepentir? Y repare el lector que tuve tiempo en años pasados cuando, ya fallecido don AV, pude haberle subrogado una confesión
post mortem de la dichosa culpa a mi primo, teólogo y asimismo canónigo isidoriano Gonzalo Flórez García. En definitiva, todo un pleonasmo del olvido. Bien, y ahora ya les cuento el digamos ¿pecadillo? del cual me veo penitente. Corría el año de 1970 cuando un servidor ejercía el periodismo en un diario de difusión nacional en el que —cómo no recordarlo — venía publicando un surtido de escritos relacionados con los valores regionales leoneses. Eran los tiempos en que el astorgano Lorenzo López Sancho lucía era una de las más prestigiosas firmas del mismo diario, cuyo corresponsalía en nuestra provincia la desempeñaba el cronista local Máximo Cayón Waldaliso. Pues en ésas andábamos al surgir la ocasión de que Viñayo [que debía de conocer mi labor profesional en torno al I Congreso Internacional de Historia de la Minería, organizado en la capital legionense por el presidente de la Diputación Provincial, don Antonio del Valle Ménéndez, con la colaboración impagable del secretario de la Corporación, don Florentino Agustín Díez, o sea el padre de Luis Mateo D.] se dirigió a mi periódico poco menos que sugiriendo que fuera yo el redactor más indicado, por leonés, para reseñar aquella novedad editorial, llevada a cabo por la Cátedra de San Isidoro/Instituto Leonés de Estudios Romano-Visigóticos a expensas de la Excma. Diputación Provincial (1970) bajo el título de
Legio VII Gemina. Un volumen de casi 700 páginas profusamente ilustrado y que representa un compendio redactado en cinco lenguas —las mismas que corresponden a la nacionalidad de los mejores especialistas del mundo en la materia— en torno a la romanización del territorio fabuloso de cántabros y astures. Obra colosal en fin, redonda de ciencia y de prospección históricas. Baste decir que el primer trabajo del recopilatorio, un ensayo titulado Organización social de los pueblos del Norte de la Península Ibérica en la Antigüedad lo suscribe el maestro de la Antropología española Julio Caro Baroja. En páginas precedentes de introducción el maestro Viñayo escribe estas expresiva valoración de contenidos: «La ciudad de León conmemoró con dignidad y esplendor el XIX centenario de sus orígenes. Nacida como campamento legionario romano, pocas urbes antiguas podrán señalar, como la Legionense, el día, mes y año (10-VI-68) de su apertura a la Historia; es, además, la única que mantiene el nombre de su Legión fundadora». Conservo éste que me permito llamar familiarmente ‘el tocho’ con todo el cariño del mundo como el cuerpo del delito de hacer caso omiso de la petición formulada entonces por don Antonio Viñayo, que en Gloria esté. Porque maldigo aún el día en que lo abandoné, apenas ojeado, en el fondo del cajón de los olvidos. Y aunque sí me lo perdonara el gran Viñayo, yo jamás me lo podré perdonar.