Máximo Cayón Diéguez

Cronista Oficial De La Ciudad De León

Retablo de las Cantaderas

Virginia Moran

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El ceremonial de las Cantaderas es una estampa de una acendrada policromía. Actualmente, aparece en el firmamento de las tradiciones leonesas el domingo precedente a la festividad litúrgica de San Froilán, tal como lo acordaron y fijaron en 1978 el Cabildo de la Catedral legionense y el Ayuntamiento de León.

Se desconoce cuándo se inició en León este ritual de las Cantaderas. No obstante, ya en 1501 se considera de «inmemorial antigüedad». El lugar de su celebración es el claustro de la Pulchra Leonina. Hasta allí, ese mismo día se dirige la Corporación Municipal, en «forma de ciudad», acompañada por los «Cuatro Reyes de Armas», es decir, por los cuatro maceros, la Escuadra de Honores de Gran Gala de la policía local y la banda de música. Va precedida por un cortejo donde destacan el carro chillón, tirado por dos bueyes que lucen roscas de pan en sus astas; las «doncellas cantaderas», con sus cestillos repletos de productos del campo leonés que servirán luego de ofrenda; y la sotadera, portadora de un arco floral que depositará ante Nuestra Señora del Foro y Oferta de Regla, efigiada en el tímpano del sepulcro protogótico del chante Munio Ponzardi, fallecido el 19 de septiembre de 1240.

Una vez situadas frente a frente las dos corporaciones, la catedralicia y la municipal, en el predicho espacio claustral, la ceremonia denominada del «Foro u Oferta» adquiere carta de naturaleza. Está protagonizada por el síndico, en representación del Ayuntamiento, y por el canónigo llamado capitular, en representación de la Catedral. Ambos lucen sus mejores galas dialécticas en defensa de sus respectivas tesis. Para el primero se trata de una oferta, «por gracia y devoción». Para el segundo, en cambio, no es otra cosa que un «foro y obligación». Después de tres intervenciones por ambas partes, el acuerdo se torna inalcanzable, tal y como establece la tradición.

De este tenor lo sintetiza el Marqués de Fuente Oyuelo en el capítulo XV de las Políticas Ceremonias: «Por costumbre antiquísima, desde la batalla de Clavijo, como está dicho [en el capítulo XII de la obra y, posteriormente, en el XXX], en hacimiento de gracias de tan singular victoria con que se libertó este Reino del nefando tributo de las cien doncellas que le impuso Mauregato, celebra la Ciudad estas fiestas […] ofrécese a dicha Imagen [Nuestra Señora del Foro y Oferta de Regla] un cuarto de uno de los toros y diferentes frutas; está allí el procurador del Cabildo con un Escribano, [y] pide por testimonio que es voto, y el Procurador de la Ciudad, como uno de los del Ayuntamiento protesta [que] es devoción y obsequio a aquélla Santa Imagen, por tan singular favor como recibió este Reino. Y hecho esto, se acaba la función y la Ciudad se disuelve».

La ceremonia de las Cantaderas tiene su génesis, precisamente, en la mítica aparición ecuestre del discípulo de Cristo en dicha batalla. Ocurrida en tierras riojanas el 22 de mayo del año 844, la victoria de Ramiro I (842-850) sobre el príncipe omeya Abd al-Rahmán II (833-852) propició la supresión del infame y, por ende, humillante tributo, por el cual el monarca cristiano debía entregar al sarraceno cincuenta doncellas nobles y cincuenta plebeyas. Un milenio después de la mítica contienda, la memoria y el eco de este episodio seguían tan latentes que Benito Pérez Galdós puso en boca del clérigo José Fago esta afirmación expresada en voz alta en el capítulo XIII de «Zumalacárregui»: «Creo en la presencia militar del apóstol Santiago en Clavijo y en los estragos materiales causados por su acero».

El P. Lobera fue testigo de este acto en 1595. Entonces, las «doncellas cantaderas» provenían de las cuatro parroquias principales de nuestra ciudad: San Marcelo, Nuestra Señora del Mercado, San Martín y Santa Ana, que aportaban «doce niñas de hasta diez o doce años, las más graciosas que hallan, y más diestras en danzar y bailar».

De la primera de las señaladas parroquias salía la predicha sotadera, vestida a la usanza morisca, esto es, a semejanza de la representante enviada desde Córdoba para elegir a las «Cien Doncellas» y posteriormente instruirlas en las costumbres musulmanas.

De la segunda, el salterio (un instrumento de cuerdas percutidas) y los atambores. Estos abrían la comitiva. Así lo recoge el citado Lobera: «Dos atambores antiguos de guerra, tan grande cada uno como una rueda de carro, aunque su forma es ochavada. Tiene cada atambor dos aldabones a los lados por donde lo llevan asido dos hombres. Sacúdenles con varas gruesas, tan recio que hacen mucho mayor estruendo que los atambores de guerra que en este tiempo se usan. Tiénese por tradición que son los mismos que ganó en Clavijo el rey don Ramiro. A lo menos la madera, porque los pergaminos se renuevan cuando es necesario».

En aquella época, la fiesta duraba cuatro días: 14, 15, 16 y 17 de agosto. Los dos primeros se celebraban ceremonias religiosas, el tercero había festejo taurino y el último se llevaba a cabo el acto del «Foro u Oferta», consistente en la entrega de un cuarto de toro de los astados lidiados el tercero de los días, festividad de San Roque, un cesto de cotinos (panecillos pequeños, exentos de sal, típicamente leoneses), y otro de peras y ciruelas. Desde 1816, el cuarto de bóvido se sustituyó por una aportación económica de 250 reales. Luminarias, hogueras, fuegos de artificio, obras teatrales, festejos taurinos y juegos de cañas completaban el programa de aquellos regocijos.

Hoy, concluida la controversia, se celebra la Eucaristía. A su término, ante la Virgen Blanca entronizada en el parteluz de la puerta del Juicio Final, las Cantaderas bailan la Cantiga de Alfonso X el Sabio «Domna das Domnas», tal como lo han hecho al llegar ante Nuestra Señora del Foro y Oferta. Luego, el Corregimiento, con sus rangos corporativos, se dirige hacia la plaza de Santa María del Camino, donde aguarda la llegada de los carros engalanados, que en este día exhiben todo su tipismo por las calles leonesas.