Marta Santos Marín,
Socióloga y filósofa

Carta abierta (y que ojalá lea) a Javier Milei

 JIM LO SCALZO

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Hablemos de Milei. Por ver está el presunto alcance favorable de sus políticas «libertarias», como a él le gusta llamarlas, pero de lo que no puede quedar duda es que su temeraria lengua no conoce límites. Este hombre es tan grosero que consigue algo difícil (esperemos que a reconocer este macabro mérito respondiera el murmurante aplauso surgido entre el público tras llamar al presidente del Gobierno, en su propio país y recalcándolo, nada menos que dictador): que sus meteduras de pata sean peores en frío que en caliente.

Este hombre tiene una inclinación tan descarada a la faltonería que simplemente no puede excusársele. Nadie es perfecto para reaccionar limpiamente todo el tiempo, pero una cosa es eso, una patinada fuera del tono debido, humanamente excusable aunque —por no perder la costumbre— mediáticamente explotada, y otra muy diferente es entrar a degüello como quien persigue una presa. Cabe preguntarse si «sed de sangre» es realmente una expresión desproporcionada a estas alturas. Ofende ver a un hombre de tan presunta enjundia como un jefe de Estado mancillar el buen nombre de la educación, cuyo campo de expresión, le recordamos, radica en la

forma, y solo secundariamente y en grado muy inferior, en el contenido. Pongámoslo de otra manera, pero idéntica lógica: a un hombre dominado por el contenido le importaría un comino que su versión de los hechos costase a un inocente su libertad si con ello se saliera con la suya. Hay una diferencia fundamental —donde radica el verdadero músculo moral de una persona— entre fastidiarse cuando toca y sacrificarse por lo que se quiere. Es indudable que Milei es un hombre de convicciones fuertes (dicho por él mismo en alguna ocasión); lo que no está tan claro es que su forma de perseguirlas sea todo lo honesta que debiera. Para comprobar esto, no hace falta demostrar nada: solo remitirse a sus propias palabras. La suerte del sentido común es que algunos villanos resultan tan extremos que se quitan la razón solos. A los que pudieran decir que es un hombre valiente que no teme llamar a las cosas por su nombre —opinión que, ciñéndonos a la definición de «dictador», nos parecería preocupante tener, a la vista de cómo se vive—, y que lamentablemente se encuentran entre la clase política del país, cabe increparles sobre qué límites no están dispuestos a traspasar aun a costa de oportunistas tergiversaciones que no muestran la menor reserva por el rigor político. Nuestro deseo para las próximas elecciones es que la gente castigue esta indiscriminada praxis de mala fe como merece. Esta por ver —y con suerte lo estará siempre— si Sánchez podría pagar a Milei con la misma moneda que él y en Argentina, lo mismo que él ha podido hacer aquí no solo con impunidad, sino al abrigo de un aplauso también. Mientras tanto, lo único que puede concluirse cabalmente a boca llena y no sin pena, es sentir una profunda vergüenza por la deriva de la talla política.