Publicado por
Manuel Alcántara
León

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La primera noticia laboral del año no es precisamente alentadora: el paro registrado en el INEM durante el anterior se incrementó en 113.224 nuevos desempleados. Mal empieza la semana, que dijo aquel tipo al que ahorcaban un lunes. La segunda noticia tampoco es reconfortante: los sindicatos desafían al Gobierno con una huelga general en Andalucía y Extremadura para el próximo 20 de febrero. Aspiran a la restitución del subsidio agrario tal y como estaba vigente antes del inoportunísimo decretazo. Hasta ahora han fracasado todas las negociaciones. Nadie da su brazo a torcer y ya sabemos que cuando pasa eso van a la huelga los que están de brazos caídos. Es muy exiguo el número de españoles que se sienten satisfechos con el trabajo que realizan, bien porque desarrollan un vocación irrefrenable, bien porque se encuentran suficientemente recompensados. Si exceptuamos a este privilegiado grupo, los demás se dividen en dos grandes sectores: los que están descontentos con su trabajo y los que no pueden estarlo porque no tienen trabajo. Los primeros aguantan, ya que temen perderlo, pero los segundos se amotinan porque no tienen nada que perder. No se puede ignorar que algunos consideran al trabajo como una realidad tan sagrada que no quieren acercarse a él y se limitan a mirarlo a distancia, con muchísimo respeto. Hay parados con tal alto sentido de la honradez que si encuentran un trabajo lo devuelven. Pero no me refiero a los pícaros, ni a los vagos convictos, sino a los que aspiran de verdad a desempeñar un empleo, aunque no sea el ideal, y no lo consiguen. Su búsqueda además de ser un drama, es una humillación. No comprenden que en un país donde quedan tantas cosas por hacer, ellos no puedan hacer nada. No se trata de ganar mucho, sino de ganarse la vida que es algo que no se sabe por qué, ya que nadie la ha pedido, tenemos que hacer todos. Hay unos cuantos españoles más que no lo consiguen: 113.224. Algo más que una cifra en una estadística: cada uno es una tragedia.

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