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Camino Gallego
León

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Hoy es el día del libro y como tal cumpliré con mi propia tradición de acercarme a la plaza de Botines a comprar algún ejemplar. Es algo que he hecho desde que me alcanza la memoria, claro que antes se vendían en las librerías, porque estaban abiertas al no ser festivo; pero desde que se escogió esta fecha como fiesta de la comunidad las librerías tuvieron que desplazarse a Santo Domingo primero y luego a Botines para que los que habitualmente acudimos a ellas ese día pudiéramos seguir haciéndolo. No deja de ser lo mismo que hacen los catalanes, sólo que ellos prefieren atribuir a San Jordi la fiesta en la que compran un libro y reciben una flor. Pero cuando nació esta comunidad de dos pueblos en matrimonio de conveniencia (?) -y como tal no muy bien avenido-, además de escogerse una fecha en la que los castellanos y los leoneses que se alzaron contra el poder establecido no sólo fueron derrotados, sino masacrados, se nos privó también de honrar como se merece al español más universal. Aunque fuera primero en el tiempo Villalar que Cervantes, prefiero acordarme hoy del segundo, que no de lo primero, porque no hay nada que me empuje a identificarme con lo ocurrido en la campa de ese pueblecito vallisoletano. Y comprendo que eso nos ocurra a muchos leoneses, aunque no lo entiendan desde Pucela (tampoco creo que los de Soria sientan a Villalar como a Numancia). Se les hace difícil comprender que Villalar no nos identifica. No entienden que la autonomía fue y sigue siendo una cuestión política y como tal la hemos aceptado, porque legalmente no nos dejan otro camino, pero en nuestro corazoncito no podemos aceptar, y no aceptamos, llamarnos de otra manera que leoneses. Se puede seguir haciendo encaje de bolillos como esa Fundación Villalar, cuya creación no es sino la confirmación de que no existe una conciencia, un carácter, una unidad en esta autonomía y hay que construirla de forma artificial, pero sin corazoncito.

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