TRIBUNA
El rico y amplio futuro pluscuamperfecto
¡TE LO TIENES bien merecido, Venancio, por cebollón! ¡Anda, que menudo repaso te ha dado doña María Arias! Te ha soltado un par de pescozones como si fueras un colegial malaplicado de los de la época franquista. Es que no se puede ir por el mundo con ese pesimismo cojitranco, proclive, pútrido, corrompente y espontáneo. Doña María Arias, tribunas atrás (5 de septiembre) firma «mujer y madre». Claro, porque mujer y padre iría contra las leyes naturales. Mujer y esposa estaría peor porque esposa alude al artilugio ese de la policía que niega la libertad, ¿eh? ¿Dónde se queda la libertad? Doña María se ha tomado en serio mi pesimismo y mi concepto anticuado e inmovilista de la educación (los adjetivos son suyos). Y las dos cosas le molestan, pero ¡qué se le va a hacer! Es como si a mí me molestara la chepa de alguien. Doña María, mujer y madre, me viene a preguntar lo mismo que yo al cheposo. ¿Oiga, por qué es usted chepa y no anda como todos? Yo bien quisiera ser optimista, sobre todo en el terreno de la educación. ¿Optimismo? Ya lo conté. Esto era un niño muy, muy, muy, pero que muy optimista, un vivalavirgen a quien los Reyes Magos decidieron escarmentar y le pusieron en los zapatos una mierda de burro. A la mañana siguiente los padres lo encontraron mucho más contento y optimista, lalaralá, tarareando España Cañí con un cagajón en la mano, qué le trajeron los Reyes, hijo, un caballo pero se me ha escapado. Doña María tiene ese gracioso optimismo y de verdad que me llena de ternura cuando repite, a veces con un poco de confusión, todos los tópicos imaginables sobre educación, digamos antigua: el de los mozos que corrían a cantazos hasta las eras a las mozas minifald-eras con harto descomedimiento y desconsideración. O el de los melenudos que eran vilipendiados, lapidados, insultados y escarnecidos con vesania y bastante poca educación y delicadeza, sin atender a los nuevos valores que defendían. Y lo de que había que besar el anillo al cura, lo cual que era poco edificante, muy humillante, sobre todo porque el cura no llevaba anillo ya que era soltero y padre en la vida. Me acuerdo de que el mal rato se lo pasaba él, porque a mí me sobraban mocos y el pobre don Gumersindo retiraba la mano con santa prudencia; y para más inri, el anillo era privilegio del obispo. ¡Ay, aquellos curas de sotana, doña María! ¿Pero había otros? ¡Qué gracia, se ve que es usted muy joven! Pa mí que no fue usted mujer que conociera dictadura sino aquella dictablanda de los años setenta cuando el abuelo caducaba. No, no la conoció pero bueno, entre lo que le contaron y lo que se imagina se fue usted haciendo una idea, ¿verdad? Ahora, lo que sí me deja un poquitín perplejo es que doña María se siente autorizada a decirme cómo tengo que llevar la clase y cómo ganarme la autoridad que todo profesor debe tener, sin pegar soplamocos ni humillar a los guajes haciéndolos besar el anillo del cura. ¡Tengo que mantener a los alumnos atentos con mis explicaciones, mi trabajo y mi ilusión personal, porque si no, lo alumnos se aburren, hablan y no guardan el debido silencio en clase! ¡Qué simpática! Después repasa la falta de libertad y educación de la dictadura y la necesidad de readaptación de los que salieron de ella con pelos en la gatera como el menda. Lo que decía el andaluz: toda la vida diciendo pilícula y ahora resulta que se dice flim. Después doña María, perdone que se lo diga, pero se le va un poco el tarro en el artículo, claro, y le sale un ramalazo feminista reivindicativo en una queja que llena de ternura hasta el asesino del naipe: Entre los que no teníamos más que inconvenientes y ningún privilegio estábamos las mujeres./ .../ ¿Por qué en cuanto hay alguna dificultad, los hombres se apresuran a encerrarnos en casa con cualquier disculpa? ¡Todavía?? ¡Pues como usted misma insinúa la cosa anda pero que muy jo...robada. ¿Y lo de que antiguamente los profesores eran dioses? ¡Qué bonito! Lo serían pero, desde luego, con muy poco poder... adquisitivo. No se lo tome a mal doña María, créame que aprecio mucho sus indicaciones y que lamento mucho todos los males que corroen a este feo mucho y panzudo, en el que los viejos profesores en proceso de extinción no tenemos cabida. Me gusta que, -confusamente, desde luego- sueñe con un futuro, no ya perfecto sino pluscuamperfecto. Vivimos en el mejor de los mundos: A lo largo de la historia, -dice- nunca se ha vivido en una sociedad tan libre, dinámica, justa, solidaria y prometedora. Es posible que la educación antigua, -¿franquista?- de la que usted, no sé por qué, me hace defensor, estuviera basada en convencionalismos obsoletos, inútiles, paralizantes, hipócritas y estrechos, -como usted asegura. Pero lo mío es más grave. A mí lo que me pasa es lo que a aquel perverso maestro de Granada, que ya conté alguna vez: esto era un maestro que a la hora de su jubilación, en el discurso de la cena-homenaje con que se despedía a los buenos profesores de la mala educación franquista, con una placa agradeciéndole los servicios prestados y una patada en el culo, dijo, dice: -Resumiendo los cuarenta años de mi vida profesional, lo que me queda es la inmensa satisfacción de no haber enseñado nunca nada. ¡No me diga que no es hermoso! ¡No me diga que no hay humildad y grandeza en semejante maestro! Piénselo doña María, que el dicharacho tiene más enjundia de lo que parece y, a lo peor, es una nueva propuesta educativa para las nuevas generaciones de profesores. Ya me doy cuenta de que lo que tenemos hoy, no es definitivo, y que a lo peor, todo se tiene que poner peor para remediarse, pero es que usted doña María pide unas cosas, y de una manera... -Necesitamos personas generosas, abiertas e inteligentes que quieran sumar, no restar, crear, no destruir. Después de restar era mejor poner punto y coma. Pero no se preocupe porque los de redacción del Diario meten cada gazapo... ¡Con esas cualidades, cualquiera! Pero es que a mí siempre se me dieron mal las cuatro reglas. Tenga todo mi afecto y mi promesa de convertirme a la religión del optimismo ingenuo o sea naïf, dulce y bienhumorado que usted profesa como mujer y madre en la vida. En cuanto a la Educación, yo ya llevo once días jubilado, por lo que me he dejado de sumar y restar por los dedos definitivamente, así que ¡sonría, mujer, y alégrese, madre! Voy a fundar el huerto de Epicuro. Unas hortalizas, unas aceitunas, unos pocos libros y unos pocos amigos. ¿No le parece precioso? Como educación, digo.