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PANCHO PURROY
León

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DIVERSAS teorías explican el atractivo de beber leche. La primera, nutricionista, presenta al alimento ideal, completa combinación de agua, glúcidos, grasas, proteínas y vitaminas que mantiene al cuerpo en perfecta salud. El enfoque psicológico, de fijación maternal, considera la lactación como episodio que marca la vida adulta: chupar teta origina inolvidables oleadas de placidez y cariño. Incluso, el complejo de Edipo, del hombre que quiere acostarse con su madre, procedería de la huella mental que aquellos ordeños dejaron al interfecto, salido él. La leche se considera elixir de juventud, de ahí su empleo para reanimar emperadores romanos senectos, que la mamaban de verdes vestales, o la virtud de la leche de burra que desarrolla pieles aterciopeladas, níveas, arte cortesano con el que Cleopatra se llevó al huerto a Marco Antonio. El grupo científico de Pedro Cuatrecasas, en el laboratorio californiano de Wellcome, ha suministrado un nuevo dato: tanto la leche de vaca como la humana contienen morfina. Esta droga, presente en cantidades pequeñas (100 a 500 nanogramos por litro), estimula los receptores del cerebro e intestino provocando una euforia considerable. Beber leche seda y droga al consumidor. La morfina no sólo existe en la adormidera, planta madre del opio tan alabada por Baudelaire y los poetas malditos, usuarios compulsivos del éter, el láudano, la absenta y el putiferio. Se encuentra en pequeñas dosis en varios vegetales: alfalfa, lechuga, rábanos y otros, incluso en el heno que comen las vacas lecheras en el establo. La dieta vegetariana provee de alcaloides morfínicos a las leches de los mamíferos. Ahora que se discute la permisividad a las drogas, blandas o duras, y se coloca entre las primeras a alcohol, café, bonguis y canuto, y, en las segundas, a jaco, peyote, anfetas, tripis, farlopa, pegamento, tabaco y kikos -extrema unción católica-, esta realidad obliga a informar a niños y mayores del peligro de la leche.

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