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León

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HACE VEINTE años, el terreno de los sueños adolescentes lindaba en Ponferrada con el solar donde hoy se erige la comisaría y con un desmonte desmesurado de fósiles de helechos y pequeños saurios. Abrigados por los escombros, cientos de chavales se ilusionaban cada fin de semana con que una especie de espía al que todo el mundo identificaba genéricamente como «el ojeador» se detuviera en su magia con la pelota y acabara convirtiéndoles, a unos en Ratón Ayala, y a otros en Hugo Sánchez o en Schuster. En veinte años, en torno a ese enclave urbanita de ilusiones se han levantado cientos de viviendas, la misma comisaría y el palacio de justicia. Y muy pronto un puente de catorce millones de euros que volará sobre unas riberas del Sil casi de diseño, en las que se yergue un renovado poblado gitano, que contemplado en lontananza podría pasar por una urbanización de coquetos adosados. Todas las ciudades mudan. Lo mismo que sus pobladores. Pero en diez años Ponferrada ha experimentado una metamorfosis exprés en su paisaje sólo equiparable a la de los pectorales de Cher. La montaña de carbón ha desaparecido del «sky line», los gallineros a dos palmos de Lazúrtegui fueron sepultados por palmeras y baldosas finas; y hasta el castillo escarba en su patio de estériles en busca del tesoro de su leyenda. A la mayoría de los ponferradinos se les forma en la boca un bolo intransitable de orgullo y saliva cada vez que ese pariente de Pernambuco vuelve a casa y se queda acojonado -incapaz de hallar algo que no haya evolucionado-. Con el campus, con el teatro, con la rotondas de parterres de contrastes latinos y orden centroeuropeo, o con el récord nacional de menos mierda por metro cuadrado de calle. El otro día, sin embargo, regresé a la tierra de los sueños infantiles agarrado de la mano de mi hijo de ocho años. Y conforme me acercaba a los campos de la escombrera noté cómo mi nostalgia repicaba de alegría al comprobar que nada había cambiado. Exactamente al compás del ritmo frenético de mi cabreo al adivinar que como yo, mi hijo seguirá soñando despierto cada viernes o cada sábado con ser Zidane o acaso Ronaldinho. A costa, eso sí, de abrasar decenas de borceguíes horrorosamente caros y dejarse las nalgas en carne viva sobre unas tiras de tierra que son lija del siete cuando el sol ahoga, y facas de Albacete cuando se encogen ateridas por las heladas invernales. El catalejo municipal sigue sin detenerse en la hondonada de la vieja escombrera. A pesar de que van para dos años que el primer edil ponferradino prometió al menos dos tapices de verde artificial para que en algún instante cientos de niños no tengan que despertar violentamente de sus ensoñaciones futboleras cuando, cada fin de semana, dan esquinazo a la ciudad en el mojón de los juzgados. Triste anacronismo. La oposición peina botillos. Baladí, no obstante, si se compara con las flores del mal que crecen en otra escombrera y su contorno, en Torre del Bierzo, donde el carbón fresco que mancha el promontorio recién restaurado es lo más sano que puede llegar a aparecer. Y la Junta lo sabe.

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