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VENANCIO IGLESIAS MARTÍN CATEDRÁTICO DE LITERATURA
León

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LLAMARÍALO voluntad de imagen, más que voluntad de poder. Y es que nuestros gobernantes están excesivamente pendientes de la imagen, suponiendo ellos, que la imagen es el secreto de la permanencia que es a su vez el objetivo del poder. ¡Permanecer en un mundo tan mudable! ¡Lástima grande! Unas veces se miran en el espejo del pasado, cuarteado y deforme, supongamos piadosamente que para huir de aquella realidad. Otras se miran en el espejo de la oposición, para discutirle su imagen, con un displicente: «nosotros no nos parecemos en nada a vosotros». Pero lo peligroso es confundir la imagen con la realidad y pensar que las imágenes, desprendidas de nosotros mismos, tienen el significado que nosotros queremos darles. De esto sabía mucho don Quijote que desgraciadamente no dejó hijos. Lo peligroso es dominar mal el idioma castellano y creer que una secuencia de imágenes puede traducirse, sin problemas, a un lenguaje claro y unívoco para todos los españoles o por lo menos para los votantes. Recordemos el espectáculo voguedeprimente de nuestras ministras posando para la frivolidad y jurando luego, que se quería decir que por primera vez había ministras en abundancia en el gobierno. Como si los españoles no supieran contar y se eligieran ministras para hacer el tonto a las puertas de la Moncloa. ¿Dónde estaban los asesores de imagen? La vicepresidenta del Gobierno debería haberlos despedido en ese momento y tomar la decisión de volver a sus sencillos atuendos de antes de las elecciones y dejarse de mandangas o nuestras ministras caerán en las garras de los medialetrinas o dentro del viejo despectivo aserto machista de «¡mujeres al fin y al cabo!». Del llamado, por Pepiño Blanco, despectivamente, señor Bush (menos mal que no le dio por llamarlo señor Jorge) se hizo una imagen de tonto de pueblo, ávido de riquezas petroleras, vengativo y malvado. En sus brazos se echaba el señor José María, que luego iba a hacerse la foto a las Azores, etcétera. A fuerza de manejar esas imágenes se las confundió con la realidad. Se olvidó que el señor Bush era el presidente del país más poderoso del planeta, que el señor Blair no «eh un gilipollah integral» como indiscretamente dijo Bono, sino el mandatario inglés, altamente cualificado por la universidad inglesa. Y se olvidó que Aznar era nuestro presidente y por consiguiente digno de respeto, no más que por representar a una mayoría de españoles. ¿Dónde estaban los asesores de imagen del PSOE, para decir: ¡Cuidado con las imágenes que manejamos! Cuidado, no nos traigan problemas pasado mañana cuando estemos en el poder: porque tenemos voluntad de poder y no de imagen. Todo poder que se basa en la imagen, está destinado al estrépito de una vergonzosa caída. ¿Nos podríamos en manos de un cirujano que, simplemente, pareciera bueno? ¿Aceptaríamos a un cirujano que, ante una gangrena en un pie, anduviera haciendo chistes y burlas de sus compañeros de oficio? Y en política, si se identifican los males de España ¿por qué permitimos que los cirujanos brujuleen y aparenten y contraten toda clase de anestesistas para que el enfermo, el pueblo, duerma el mayor tiempo posible y cuando se despierte se encuentre como estaba pero con los males maquillados? Don Gumersindo, el cura de mi pueblo, decía el viejo adagio de «no sólo hay que ser bueno sino que hay que parecerlo». No veo por qué, hay que parecerlo. Porque parecer lleva al maquillaje, que no deja de ser una hipocresía. Y la hipocresía es la más estomagante forma de mentira. Y no hay que maquillarse, porque el tiempo y el ejercicio del poder eliminan todos los afeites y entonces, todas las buenas, las bellas acciones políticas se olvidan, quedando la sospecha de que todo era teatro, juego de engaños y bulla. Es preciso ser bueno, no, muy bueno aunque no lo parezca y aunque el no-parecer cueste los votos que le llevaron a uno al sillón o la poltrona. El señor presidente habló al comienzo de la «actitud humilde» propia y de su gobierno. Pues bien, todos entendimos la «humildad» con la definición de Sta. Teresa: humildad es andar en la verdad. Así que, cuidado con el espejo, porque el peinadito así y los trajes asao sólo engañan a unos cuantos tontos y por poco tiempo. Nuestro «nuevo» socialismo tiene ya muchos ejemplos en los que aprender para no caer en errores, como en el pasado. Yo tengo la esperanza de que todo se reconduzca por el camino de la realidad y no de la imagen, para que no sea verdad aquel chascarrillo amargo y desolado... Permíteme, lector, que te lo cuente. A lo mejor ya lo conoces pero en todo cas o está bien traído. A mí me lo contó un primo mío, Amalio, una inteligencia cáustica y versátil que hizo la carrera de Ciencias Políticas y Económicas. Esto era un político, un físico y un cirujano que especulaban sobre la antigüedad de sus profesiones. El cirujano aseguró que la suya era la más antigua, porque Dios hizo al hombre de barro y luego como un excelente cirujano, sacó de él una costilla para hacer a la mujer. -Mucho más antigua es mi profesión -aseguró el físico- porque, mucho antes de crear al hombre, Dios, como buen físico, separó la luz de las tinieblas. -Sí, sí -dijo el político. Pero, ¿qué había antes de que Dios separara la luz de las tinieblas, eh? -El caos -dijeron a una el cirujano y el físico. -¡Ah, pues eso! -contestó, sonriendo, el político.

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