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PANCHO PURROY
León

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EL PADRE Francisco -Frans Van der Hoff- es un cura obrero de 65 años que, tras huir de la dictadura de Augusto Pinochet, se instaló en la zona cafetera de Barranca Colorada, en Oaxaca (Méjico). Este hombre bueno quedó asombrado por la miseria que rodeaba a los cultivadores de café, aunque trabajaban sin descanso. Todos, desde niños a abuelos, laborean las terrazas de café, producto comprado a precio irrisorio por los negociantes locales. Desconocedores del precio mundial y sin posibilidades de vender lo suyo, veían, desesperados, el lucro de los intermediarios. La fortuna de los importadores y mayoristas contrastaba con el desamparo de los granjeros. Francisco tuvo la idea de sugerir la constitución de cooperativas para comercializar directamente este café serrano. Para ello, se alió con Nico Roozen, otro especialista en ayuda humanitaria y, juntos, crearon el comercio justo, productos que se venden con la marca Max Havelaar, garantía para los compradores de que responden a normas éticas (precio decente, producido por pequeños labradores, y ganancias que se destinan a ayudar a proyectos colectivos). Esta filosofía va en auge y otras producciones (plátano, arroz, tabaco, té, miel) y marcas engordan este acceso de los menesterosos al mercado internacional. Reducir los gastos burocráticos de cada organización es el primer desafío. No le han dado al buen hombre el premio Nobel de economía, pero lo merece. Su invento ha mejorado la vida de millones de personas y familias en el tercer mundo. El matiz de disminuir los costes de intermediarios y beneficiar directamente a los trabajadores del campo más desfavorecidos es una buena obra, como las que prometemos cuando, compungidos, vemos los pasos de la Dolorosa y el Crucificado movidos solemnemente por los esforzados papones. No sé en qué rincón del Húmedo degustaré la limonada justa, que valore estos días de Pasión el trabajo de los que producen uvas y limones sudando la gota gorda.

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