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MIGUEL A. VARELA
León

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POBRE gallego en el Bierzo. ¡Pobrín!. Poco futuro le espera, atrapado entre quienes lo defienden y quienes lo atacan, que no se sabe a veces qué es peor, que te quieran o que te odien. Pobre Cunqueiro, pobre Fole, pobre Blanco Amor, víctimas seguras en la batalla por este territorio que es frontera: bendita frontera en lo que tiene de permeabilidad enriquecedora y amable convivencia cultural; maldita frontera como espacio abierto a la codicia y a los intereses espurios. No tenía bastante el gallego de Fernández y Morales, el gallego que bebe en el Cúa desde Menéndez Pidal y en los valles perdidos del oeste, con sus defensores irredentos, iluminados en la mítica partidista, que ahora se tiene que enfrentar a los ataques de aquellos que le niegan su propia existencia y, para compensar, se inventan otra. Otra mítica, otra nación, otra bandera: qué aburrimiento. Algo se ha estado haciendo mal, algo está envenenando el ambiente hasta el punto de que personas habitualmente cabales como Melchor Moreno o Joaquín Otero se lancen a una piscina que acabaremos convirtiendo en charco putrefacto en el que nadie querrá mojarse. Pero los que pierden son Celso Emilio Ferreiro, Dieste, Vidal Bolaño, Rivas... Pierde Lorenzo Varela y su Día de las Letras Gallegas, embarrado en una disputa propia de la campaña electoral de aquí al lado. Pierde la curiosidad que impulsa a conocer al otro desde la limpieza del hallazgo, no desde la invención iluminista. Y pierde, sobre todo, el gallego: una lengua hermosa que ha sobrevivido a la miseria y el abandono pero que difícilmente resistirá esta dialéctica de amor/odio. ¡Pobrín!

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