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MANUEL ALCÁNTARA
León

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EL GOBIERNO ha decidido prohibir hacer fuego, fumar en el monte -¿por qué el monte iba a ser una excepción?- y transitar por las zonas de alto riesgo de incendio foresrtal. Ordinariamente, las medidas extraordinarias se toman siempre después, como si su finalidad no fuera impedir las desgracias, sino acusar recibo de ellas. Todas las comunidades autónomas tendrán que observarlas hasta el próximo mes de noviembre, aunque quizá llueva antes, si es que las nubes no sufren alzhéimer y se han olvidado de su alta misión. Donde no está prohibido hacer fuego, ni en el monte ni en el metro, es en Londres. La policía ha matado a bocajarro a un sospechoso de ser paquistaní. Según un testigo presencial, tres agentes le derribaron, no sin antes haberle conminado a detenerse, y le dispararon cinco balazos. Al Consejo Islámico le ha parecido mal el procedimiento y pide explicaciones. Temen que las fuerzas de seguridad hayan recibido la consigna de «disparar primero y luego preguntar». Si el tiroteado no contesta no hay que atribuirlo a su mala educación, sino a que ha fallecido. Hay que comprender el estado de nervios en que se encuentra la policía londinense: es idéntico al que padece la población civil. O sea, el mismo que van a sufrir en Egipto, donde Al Qaeda ha perpetrado la que es, por ahora, su última matanza. La psicosis de pánico es altamente contagiosa, mucho más que el mal de las vacas locas. Los cuatro terroristas que se supone que perpetraron los atentados del jueves último no han sido detenidos, pero sí grabados por la cámaras que siguen llamando de seguridad. Las fotografías son confusas: no sólo se parecen entre ellos, sino a mucha gente. En ninguno de los rostros se aprecia una viva preocupación por lograr lo que el presidente Zapatero llama «alianza de civilizaciones». Tendrán que confirmar que han sido ellos, porque se necesitan culpables. Con mucha urgencia.

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