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VICENTE PUEYO
León

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MAÑANA se cumple el segundo aniversario del 11-M. Pero hoy se cumple el segundo aniversario de la víspera de esa atroz matanza. Ese día en el que los planes, las ilusiones, las preocupaciones, los preparativos para el día siguiente, las llamadas al amigo, al hermano, a la madre, seguían el itinerario de la normalidad y de la rutina. Pequeñas o grandes inquietudes, bocetos de proyectos vitales, firmes decisiones, saludos, perdones, llamadas al ser amado sin otro objetivo que volver a oir su voz... 192 vidas repartidas en el mosaico de la gran ciudad. ¿Cómo detener el tiempo en esa víspera que se abría a todos los atardeceres que quedaban, a todos los misterios de la vida por vivir? Pero, en otro lugar de la ciudad, unos seres imbuidos de odios y absolutas certezas y que, en nombre de su dios, habían aceptado sumisamente desposeerse de todo rastro de humanidad, recitaban las últimas oraciones en el Corán, un libro que se ha definido como «un himno a la belleza de la creación de Dios, a la grandeza del universo, un llamado a la paz y al amor entre los pueblos de esta tierra». Duro contraste con la cinta aislante que hermana la dinamita y el temporizador que señala las 7 horas 39 minutos. ¿Hay más fanatismo, o más crueldad? En la víspera de una fecha que nadie podrá olvidar, sólo cabe sumarse al ejército de los atribulados por lo incomprensible; hacer nuestras las últimas dudas y esperanzas de los que se fueron y arropar a los que aún sufren las secuelas de aquel despropósito. Queden las «certezas» para quienes confundieron su ignorancia y su impiedad con la peor de las sumisiones: la cobardía.

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