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Demasiados años nos han contado que estaban a punto de estrangular por la fuerza a los terroristas. Mentira. Demasiados cadáveres sobre la mesa para permitirnos el lujo de no negociar. Y entonces gritan los familiares de los asesinados que no se puede traicionar a los muertos, gritan los diputados partidarios de la dureza que no se puede dialogar, que la mano dura ha de continuar. Más muertos entonces, porque las últimas bombas han sido sólo avisos de que se podía seguir matando y no han querido hacerlo. ¿Debemos dejar que más familias sean destrozadas con nuevos muertos para contentar al rencor de las viejas víctimas? Poco tienen que ver con el cristiano perdón, pero tampoco con una política práctica esas actitudes, pues no debe haber dogmas en la política, ni otro punto firme que el bien general, de todos, por encima del particular. No podemos pensar el futuro desde la ira, sentados en los muertos, porque la gusanera que surge del pudridero nos devorará. La política es de los vivos. Nunca se traiciona a los muertos, que ya nada pintan en nuestro mundo. Para el materialista, ya no existen sino como recuerdo. Para el creyente, si están en el cielo, gozando de Dios, son felices y poco importa lo demás. Si condenados, les daría igual lo que aquí sucede, pues se nutrirían del mal. Una política dirigida por cadáveres no puede ser hermosa. No se puede construir el futuro político sobre cimientos de fallecidos sino buscando una salida práctica. Tampoco se puede construir sobre ideales inamovibles porque nuestra vida cotidiana es práctica y concreta, que es lo que nos importa verdaderamente. El resto son banderas apolilladas, ataúdes empapados de líquidos podridos de otras épocas, arengas para una guerra que a la mayoría no interesa. Ilia Galán (Madrid). Esto de ser concejal del Ayuntamiento de León es un verdadero chollo, sobre todo pensando en viajes a grandes distancias y a precios de costo cero para el que viaja. Veamos, hace unos días, venían unos diputados de Chile; casi tropiezan con nuestro presidente de Comunidad y, sin darles tiempo a que nos cuenten los innumerables beneficios que sus viajes (con nuestro dinero) reportarán a nuestro colectivo leonés, ahora son nuestros ediles los que han decidido que en las arcas del Ayuntamiento, había doce mil euros esperando destino. ¿Y qué mejor destino que Brasil? Pena que no haya coincidido en carnavales. Pero ¿alguien sabe por dónde cae Niteroi y qué se nos ha perdido allí? ¿De dónde va a venir la próxima invitación, de las Seichelles quizá? En fin, este dispendio constante sirve para tapar la boca de aquellos alarmistas que pregonan sin rubor que nuestro Ayuntamiento no paga a sus proveedores y que está al borde de la quiebra técnica. Para la próxima, me pido ser concejal. ¡Necesito viajar! Aquilino Laserna Perea (León). La batalla por la audiencia televisiva no conoce límites. Las distintas cadenas de televisión estadounidenses luchan con todos los medios que tienen a su alcance con el objetivo de privar de telespectadores a la competencia. Por ello, las grandes cadenas de Estados Unidos incrementaron los programas sensacionalistas, la violencia, el erotismo, el material atrevido..., todo cuanto roza los límites de lo permitido y lo permisible. Pero pronto llegó la reacción de algunos anunciantes que decidieron retirar su publicidad de aquellos programas que atentaban contra la moral, las buenas costumbres y los principios de la libertad y la convivencia. Para estos anunciantes estadounidenses las cadenas de televisión habían llegado demasiado lejos en su intento de ganar audiencia. Las posturas y opiniones al respecto llegaron a nuestro país cuando un famoso fabricante de galletas se negó a seguir patrocinando un programa por razones de esta misma naturaleza. Se trataba del primer programa de televisión basura; «Gran Hermano». Está claro que el medio televisivo camina hacia el mal gusto, la vulgaridad, la ordinariez y la mediocridad a pasos agigantados. La violencia, el sexo, el morbo por la vida privada, la inexistencia de los más elementales valores morales, éticos o sociales. Y todo ello fundamentado sólo y exclusivamente en un objetivo de crecimiento, en una búsqueda cada vez más radicalizada de la rentabilidad. La publicidad ni debe ni puede ser cómpli ce de todo ello. La publicidad tiene que exigir, como lo hace para sus propios anuncios, el cumplimiento de un cierto código ético en todos los espacios donde se vayan a emitir sus spots. Sería caer en un error suponer que todos los programas son perniciosos, que no pueden emitirse para el ciudadano de hoy, desde los presupuestos y las opciones actuales. Sólo se quiere recordar que existe una frontera entre lo correcto y lo incorrecto, lo público y lo privado, lo violento y lo no violento, lo moral y lo inmoral. Y que ese límite no puede ser traspasado por respeto a todos los públicos, pero mucho menos en aras, de una mayor competitividad comercial. Porque esto sí que sería mal gusto televisivo. Clemente Ferrer Roselló (correo electrónico). Jesús González (En la edición digital diariodeleon.es).