Publicado por
MIGUEL A. VARELA
León

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DE LA NOVELA NEGRA clásica, siempre me ha admirado la precisión de cirujano con que penetra en la corruptela moral de una sociedad. Sus protagonistas, policías o detectives turbios, huraños y desencantados, atraviesan, indiferentes, capas podridas de la cebolla social en las que nadie es inocente: por activa o por pasiva, el virus a todos afecta. El caso Marbella nos sitúa en un paisaje similar al que dibujó Dashiell Hammet y por el que circuló, parco y cínico, Sam Spade. Supongo que habrán existido en esa ciudad en estos últimos quince años minorías resistentes que se habrán opuesto a la «gilivización» marbellí, aunque su actuación no ha tenido apenas eco mediático: el mal siempre es un material informativo (y literario) más jugoso que el bien. Pero lo cierto es que las sucesivas corporaciones municipales «gilistas» (o lo que sea) han sido apoyadas en las urnas por una mayoría de ciudadanos a los que no pareció importar el olor a mierda que desprendían las papeletas. E igualmente cierto es que ninguna opción política teóricamente «limpia» ha sido capaz de convencer como alternativa fiable a ese despotismo hortera y chirriante, digno del peor Torrente, que ha campado a sus anchas por la ciudad del lujo y la jet embalsamada en colágeno. No se trata, ni mucho menos, de cuestionar sistemas, pero algo ha fallado cuando ese olor a podrido llenaba Dinamarca entera y ningún Hamlet ha sido cap az de cuestionarse una situación de la que todo una ciudad ha bebido y vivido en este tiempo, soportando un modelo sucio y pringoso en el que todos resultan culpables.

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