Publicado por
MIGUEL A. VARELA
León

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LAS CIUDADES imaginadas tienen siempre una consistencia más resistente que el ladrillo y el hormigón con los que levantamos las avenidas en las que enterramos nuestros temerosos ahorros. Las ciudades imaginadas brillan con una luz tan fuerte que provocan risa, llanto, dolor, y sobreviven a las miserias de lo real porque son más fuertes sus arterias hechas del humo de los recuerdos que todo el asfalto de las estadísticas. En las ciudades imaginadas viven para siempre personas cuyo nombre nunca fue escrito en un periódico, cuya identidad apenas podría rastrearse en un registro civil y cuya peripecia aparece de repente en una taberna de las afueras, regada con vino nuevo y un poco de jamón. La trama de sus calles no está dibujada en ningún plan urbano, y sin embargo cada uno de sus solares es enormemente valioso porque se construye permanentemente en la memoria del que jugó en él un verano remoto. Ponferrada, que es población más cercana a la épica del dinero fácil que a la lírica porosa de la literatura, ha encontrado en César Gavela, igualmente columnista habitual de este periódico, el demiurgo necesario de las ciudades imaginadas. Estos días circula por una conocidísima cadena de hoteles el libro Cuentos de amor y del Norte , un pequeño volumen de relatos breves, algunos de no más de cuatro líneas, con el que el escritor ponferradino obtuvo el año pasado el Premio Mario Vargas Llosa NH. Son cuentos entre Eros y Tánatos que se desarrollan en Puente, una ciudad en la que todavía hay huertas y cafés, y ciudadanos que llegaron hasta aquí desde pueblos olvidados. Una ciudad imaginada en la que yo quiero vivir.

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