AL TRASLUZ
Monstruos
EL PAPA habló en Auschwitz de la vergüenza que todos debemos sentir por el horror nazi, pero también de la reconciliación como única fuerza capaz de hacernos avanzar como civilización. Pidió allí, en ese templo del mal, perdón por los errores de la Iglesia. «¿Señor, por qué permaneciste callado?» se preguntó. La respuesta ya la había dado él mismo en un hermoso texto en el que analizaba el desconcierto que ese silencio aparente nos produce, y que realmente no es tal mutismo, sino un misterioso sentido de la paciencia, a través de la que se expresa el plan divino y nuestra libertad de escoger. Obviamente, Otegui no es Ratzinger. Si las palabras del Papa rebosan piedad hacia las víctimas del Holocausto, las recientes del separatista hacia las del terrorismo de ETA son una ofensa: «Es evidente que hay que darles una satisfacción a las víctimas de la violencia terrorista ¿De qué tipo? No lo sé.. Pero lo que está claro es que no pueden jugar un papel político, porque las personas que sufrieron la muerte de un familiar tienen la emotividad a flor de piel y, por tanto, la capacidad de raciocinio disminuye y no se pondrían nunca de acuerdo». Y redondea su vileza: «El problema de las víctimas ha de tratarse en su momento y suele ser al final del proceso y no al principio»; eso que llama problema lo han creado él y los suyos. Es un monstruo irrumpido de un relato de Lovecraft; pero es lo que hay, y quizá no sea el peor. Confiemos en quienes han de dialogar en nombre de nuestros valores; tendrán que escuchar muchas vilezas, pues no irán a una reunión con caballeros, sino, en el mejor de los casos, al último acto de una abyecta tragedia.