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ENRIQUE VÁZQUEZ
León

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¿ES POSIBLE para Washington asociarse tan estrechamente a Israel en su guerra contra el Hezbolá y los palestinos y, al mismo tiempo, prevalecer en Irak? La respuesta no es unívoca, pero ciertos hechos en los últimos días prueban que tal cosa sería una verdadera proeza específicamente ante el colectivo chií, que es el gobierno en Bagdad y la resistencia anti-sionista en Líbano y está galvanizando a la opinión pública árabe, más allá de la división chií-sunní. La visita reciente del primer ministro Nuri al-Maliki a Washington tradujo esta inquietante doble ubicación: la Casa Blanca ignoró la mención de las «acciones hostiles de Israel» y que no se refiriera para nada al Hezbolá, pero no así el Congreso y, sobre todo los demócratas, tradicionalmente más pro-sionistas, que le ignoraron y le llamaron nada menos que «antisemita» (Howard Dean, el muy progresista presidente del partido). En la línea roja en que está la aventura norteamericana en Irak, donde el fracaso del gobierno instalado por los americanos bate récords y hasta se oyen rumores de golpe de estado, el alineamiento estricto, inequívoco y sin disimulo de Washington con Israel perturba gravemente el trabajo político del embajador Jalilzad y ha despojado definitivamente a los Estados Unidos de su papel de «honest broker» en la región.

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