León

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NUNCA he sido admirador de Fidel Castro, ni del castrismo, aunque siento gran simpatía por el pueblo cubano. El césar caribeño tuvo durante largas décadas el beneplácito de cierta izquierda española que aplaudía su pulso contra los gobiernos estadounidenses, aunque mirase hacia otro lado en sus violaciones de los derechos humanos. Tampoco son de mi agrado muchas de las  manifestaciones reaccionarias desde Miami. El neoliberalismo no es el único modelo de democracia posible, pero lo que está claro es que Cuba ha sido gobernada dictatorialmente, y que fue una irresponsabilidad convertir a Fidel en icono de la rebeldía. No todas las dictaduras son iguales, argumentan algunos; ya, pero esa distinción deben hacerlas las víctimas, no quienes creen que el Che es un póster. La torpeza de la política exterior estadounidense, por decirlo con una expresión fina, ha convertido al dictador en un héroe, cuando en la isla no ha habido más heroísmo que el del pueblo. Muera ahora o cuando le toque, el destino de los cubanos dependerá de su capacidad para la reconciliación, para construirse a sí mismos desde el amor y la esperanza. El otro día escuche por la radio a un portavoz de los exiliados cubanos cristianos y me pareció que sus ideas sobre la futura transición en su país estaban repletas de sentido común. Una sociedad debe escoger entre pasado o  futuro, si quiere lograr un presente. Pero Cuba no es el único lugar donde la libertad es un espejismo. Hay países, abanderados de los valores democráticos, donde se declaran guerras por causas falsas y con el único fin de que cuatro familias hagan negocios. La Historia se escribe con sangre de inocentes. Y no sólo en Cuba.

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