León

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CON  VIRTUOSA ingeniería espiritual,  con las únicas armas  de una sabiduría en la que razón y corazón no son valores antagónicos,  Ratzinger ha dado nuevas muestras de su gran majestad. Para salir airoso de su encuentro con los embajadores  musulmanes,  necesitaba algo más que las famosas habilidades diplomáticas del Vaticano. Y ese algo más no fue otra cosa que verdad y humildad. Su comportamiento ha sido una lección universal de tolerancia, pues no olvidemos que sobre ella giraba la reflexión que dio lugar al  malentendido.  Una tolerancia que vuela más allá del relativismo, pero también de la simplicidad de quienes todo lo reducen a redaños y afirmaciones rotundas. He estado releyendo sobre esa contienda de la  que ya se habla tan poco, pese a  encerrar las claves de muchas tempestades posteriores: la Primera Guerra Mundial, en la que los  combatientes  partían con una sonrisa en los labios, para volver -quienes volvieron- con una mueca de horror; no fue poco lo que murió entonces en el corazón de Europa. Soy reacio al pacifismo como dogma, sin  matices,  pero me resisto a creer que nuestro destino sea  matarnos unos a otros, con las armas o con las palabras, en las trincheras o en el  trabajo. Como tantas otras personas,   sólo quiero habitar territorios donde -por ejemplo-  pueda hacer mío un pensamiento sufí, «¿dónde está la sabiduría  que perdimos con el  conocimiento»,  y a la vez  sentirme dentro de valores en los que me formaron  mis  padres,  y a ellos los suyos. Quizá, pese a todo, vivamos tiempos propicios para el diálogo. El  fanatismo  no lo pondrá fácil. Pero Ratzinger ha abierto una puerta. Otros las cierran de golpe y tiran la llave.

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