León

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EL EMPERADOR cierra como sala cinematográfica y se despide con un gran ciclo de clásicos, en sesiones dobles y gratuitas. Con poderío. Este largo adiós implica una derrota espiritual para los leoneses, pues el trasnochado césar de los cines es mucho más que sus incómodas butacas. Cae vencido un imperio cuando sus legiones dejan de creer en la importancia de la misión encomendada, y nosotros formamos parte de las mismas. La clausura nos deja más desamparados. Una sala de cine es uno de los pocos lugares en los que aún puedes sentir que no todo se ha perdido. Somos lo que vivimos, escribió Hannah Arendt; en efecto, pero mediante el cine además somos aquello que anhelamos ser. No sé si hoy resulta un negocio ruinoso o, simplemente, su ubicación es un tentador tesoro. Supongo que se cierra por diversos males y manos, incluidas las nuestras, incluso quizá todo haya que interpretarlo dentro de un ocaso más amplio. Hay indicios de que la industria estadounidense ha entrado en una fase terminal, solamente sostenida por la fuerza creativa de algunos irreductibles francotiradores. El cine era antes el principal pasatiempo, y fuese cual fuese el género se rodaba desde y para la inteligencia. Ahora, gran parte de las películas se destinan al consumo de palomitas ¿Qué fue de la fábrica de sueños? Tal vez, si el sino de todo es extinguirse, sea mejor así y este el momento apropiado para que el gigante muera con la dignidad de su rango. Como Frodo le dijo a Sam en «El retorno del rey»: «Me hace feliz que estés aquí conmigo, en el final de todas las cosas». Muere de pie y altivo, viejo César Emperador. Gracias por haber estado ahí. El dios de los cines te acoja.

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