León

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LEO EN UN  PERIÓDICO que la plaza más barata en un centro geriátrico supera los seiscientos euros, no es de extrañar, pues, que doña Gina necesite casarse de nuevo. Tiene uno que haberse dedicado a las operaciones malayas, o a debatir sobre ellas en la tele, para pagarse la estancia. Como mi mujer lleva muchos años leyendo novela negra ya le he dado permiso para que me dé un empujoncito si, llegado el día,   las cuentas familiares no cuadran; al menos,  que disfrute ella, porque,  en efecto, aquí los únicos que tendrán jubilaciones desahogadas son los mafiosos, bien porque están en el hotel Las Rejas con todos  los gastos pagados,  bien porque son los únicos que han podido ahorrar. Vaya futuro que nos espera, mejor comprarse ya la baraja, no vaya a ser que luego hacernos con una nos desbarate el presupuesto del año. Porque tal como viene la adolescencia, y tal como estamos resultando los padres, no parece que vaya a irnos muy bien de abuelos.  Los políticos deberían hallar soluciones. ¿Cómo puede pagar la tercera edad una residencia pensada para primeras fortunas? Algo está fallando en la sociedad, o el censo de millonarios es mayor de lo que uno cree. A lo mejor lo hacen para que nos muramos voluntariamente, que el sistema capitalista puesto a  protegerse, aunque sea de sí mismo, no tiende precisamente a la sutileza... O están esperando que una guerra atómica equilibre un poco el excedente de pensionistas. Da miedo envejecer con este panorama.  León cuenta con noventa y siete geriátricos, de los que sólo veinticinco son centros  públicos. Lo dicho, que cuando uno ronde alrededor de los cien,  mi señora me dé un empujoncito, a ser posible con un tentador e indigesto plato de callos.

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