León

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EL CORAZÓN tiene memoria y hace su propia criba. Más perdurable aún que las imágenes de los escombros de la T-4 será la de los pies descalzos y polvorientos, como dos crucifijos recién desenterrados, de la madre de Carlos Alonso Palate, convertida en símbolo universal y ancestral del dolor sagrado. No usa zapatos, porque hubo un tiempo en que era demasiado pobre para comprarlos y hoy sus pies forman parte del camino. Es ciega, pero nosotros pudimos ver en televisión sus lágrimas abrirse paso entre las sombras. Una tierra prometida ha devorado a dos inmigrantes. Los llamados daños colaterales suelen tener nombre y apellidos. Las lágrimas de estas madres pertenecen a una jerarquía espiritual a la que los terroristas jamás podrán acceder. Esos pies desnudos ¿cómo olvidarlos? Sobre la devastación se construirá otro aparcamiento ¿recordaremos mañana que dos ecuatorianos fueron asesinados en ese lugar? Toda historia lleva dentro otras muchas, ninguna biografía es sólo ella misma, ni la cronología de una vida empieza y concluye donde dicen las fechas. Machala y Picaihua existen, no son abstracciones o lugares imaginarios del realismo mágico, allí fueron enterrados respectivamente Diego y Carlos -éste con la bandera de su equipo de fútbol local-. Dos madres lloran ahora el inesperado regreso de sus hijos, cuando quizá aún ni siquiera habían terminado de llorar la partida. A Hecuba, la esposa del rey troyano, el dolor por la muerte de los suyos la hizo convertirse en perra. Pies de polvo y oro. Llantos de plata. Cabe preguntarse para qué sirve la política si no consigue hermanarnos por encima de las ideologías, cuando hoy, lejos de aquí, y a la vez tan cerca, una mujer descalza vaga sin rumbo en la triste ruta de todos los días.

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