León

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SON LOS hombres quienes hacen grande a una ciudad. León ha perdido a uno de sus ciudadanos ilustres. Antonio Roa Rico, farmacéutico, hijo de un alcalde de León. Hombre bueno a quien la memoria le había encallado en una de esas misteriosas enfermedades, y, sin embargo, ni en esta etapa se le olvidó su bondad, tan arraigada la tenía, muy dentro de los adentros. Resulta anecdótico destacar que éramos familia, pues esa condición suya le hacía darse a los demás por encima de parentescos, gremios o cualquier otra condición. Le hubiera gustado también ser periodista; lo habría sido excelente. Parecía uno de esos personajes entrañables de Mihura o de Dickens que iluminan las tramas. Y ayer, en la misa funeral, hubo personas de tan distintas condición que me dije: los hombres buenos nunca pasan desapercibidos. León es una ciudad donde todavía es posible saludar a un ángel, y que te responda. Creo en esta tierra porque puede dar seres así. Los ciudadanos aparentemente anónimos ocupan los puestos más altos en la jerarquía del espíritu. No puedo dar lecciones sobre qué es la condición humana, cuyas claves más obvias se me escapan. pero si por algún motivo un día cayera en uno de esos agujeros negros de desaliento o estuviera tentado al pesimismo sobre lo que cabe esperar de los demás, entonces, me acordaría de este leonés, transparente, entrañable y ejemplar. Quien todo parecía estar olvidándolo es ya para siempre memoria, en el corazón colectivo de León. Los hombres buenos son el alma de la ciudad. Héroes que ganan batallas sin saber que las ganan, siempre ajenos a su importancia, a su condición de seres indispensables. Supongo que en el cielo no son necesarias las farmacias, pero ¡quién podría prescindir allí arriba de alguien como él!

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