León

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VENANCIO Iglesias, catedrático de Literatura, publicó ayer en este periódico un excelente artículo sobre Gamoneda en el que tuvo la generosidad de citar mi columna anterior. Y me da una excusa para volver a ella. El autor de Lápidas desveló que su obra es consecuencia de una cultura de la pobreza. Como escribí, para mí fue ese aspecto el más valioso e intenso de su discurso. Y me gustaron menos, por considerarlas innecesarias, las alusiones críticas a otras formas de entender lo poético. La rivalidad entre poetas conceptuales y poetas de la experiencia viene a ser como aquella entre pintores figurativos e informalistas, que hoy ya nadie se plantea en términos de exclusión, sino de opción. La calidad no es patrimonio de ningún ismo, sino logro individual. Henry James y Faulkner, dos grandes arquitectos del estilo, no procedían de tal cultura, y el poeta leonés está muy hermanado con sus arriesgadas concepciones creativas. Cada vida tiene su propia oscuridad que la ilumina. Otra cuestión es que los autores o nuestras preferencias como lectores se inclinen por unos o por otros caminos. Pero ¿por qué negar al otro? Dickens viene de la cultura de la pobreza, y siguió en ella hasta cuando sus libros le habían hecho millonario, pues en él no se trataba ya de estatus económico sino de herida invisible. Lo importante es el hombre y lo que es capaz de hacer con sus propios fardos. Importa la obra. Darse en ella. Desangrarse. Darlo todo. Lope o Góngora: los dos. Faulkner o Hemingway: ambos. El espejismo de facilidad de John Ford y el barroquismo militante de Orson Welles. Bécquer escribió el nítido «volverán las oscuras golondrinas»... pero también «del salón en el ángulo oscuro». Gamoneda, hijo de la cultura de la pobreza, pero aún más de su gran riqueza interior.

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