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León

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DURANTE la vista pública contra Jon Bienzobas por el asesinato de Francisco Tomás y Valiente el 14 de febrero de 1996, uno de los crímenes más insidiosos de ETA, el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza, leyó fragmentos de un artículo de la víctima que la prensa madrileña publicó al día siguiente de aquel crimen. «Cada vez que matan a un hombre en la calle -decía el ex presidente del TC- nos matan un poco a cada uno de nosotros». Tomás y Valiente prevenía en aquella pieza periodística contra la tentación de la «fragmentación interna de las fuerzas políticas democráticas en su necesario frente común contra los criminales del terror». Y añadía: «Se había avanzado mucho en este camino (...) y en poco tiempo, se ha desandado casi todo». Poco más hay que añadir a la reflexión de un mártir de la democracia, que no será intelectualmente resarcido hasta que la respuesta democrática a la hidra etarra no sea la unidad de las fuerzas, que ha de llegar después de que todas ellas renuncien a la explo- tación política del problema en provecho del interés menudo de cada formación.

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