TRIBUNA

EL 99% (divagación sobre la fauna psicóloga)

Publicado por
VENANCIO IGLESIAS MARTÍN
León

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Ya casi nadie habrá escapado. Lo digo por conjetura y con esa desfachatez que usamos cuando hacemos cálculos porcentuales o interpretamos estadísticas que suponemos exactas generalizando así: la gente es la repera; el noventa y nueve por ciento de los españoles es teleadicto, es decir tontolculo; la mayor parte de las Anas digo, las lesbi son simplemente mariconas; los católicos son gente poco instruida en la fe que dicen profesar; el feminismo es un fenómeno cultural del copón... etcétera. Digo: ya casi nadie habrá escapado de las manos de los psicólogos o los psiquiatras o los psicoterapeutas. Es la plaga del siglo veinte. Para dar ayuda psicológica a los familiares, los psicólogos llegan antes de que se produzca el accidente y aún me atrevo a jurar que, en el noventa y nueve por ciento de los casos, son ellos los que lo provocan para proporcionar ayuda psicológica a todo el que se acerca por las inmediaciones con cara de compunción. Los curas han perdido otra batalla, esto es sabido. Antes, eran ellos los que proporcionaban los últimos auxilios a los que entregaban la cuchara al Redentor, con la absolución in artículo mortis, (que significaba a toda leche, antes de que se escape el alma que es artículo de rebajas muy volátil). El cura pensaba con rapidez: -Este tío está más muerto que mi abuelo: ego te absolvo a peccatis tuis... Luego con cara de difuntos trataba de tranquilizar a los familiares, tienen que serenarse porque ha muerto en gracia y sin duda está en el cielo... desgraciados nosotros, que tenemos que peregrinar por este valle de lágrimas, encomendemos su alma al señor, total estaba sufriendo tanto... etcétera. ¿Quien llama a un cura ahora, cuando hay un accidente? Incluso cuando se asoma a la puerta de una habitación de hospital y casi disculpándose dice, soy el cura qué tal está, quiere confesión, comunión, extremaunción o alguna ayuda espiritual. Entonces, incluso mantenemos la certeza de que es el pregonero de la muerte ¡váyase, coño, que no soy creyente! En cambio, si hay muerto y aparece un psicólogo... Entonces nos suelta un rollo, nos escucha pacientemente, asiente, nos dice que sí que él sabe y comprende pero... y, según el grado de parentesco calculado por los aspavientos que hacemos, calcula el dolor «real» que sufrimos y si es necesario nos abraza: oiga, deje de sobar a mi mujer que no tiene que ver con el muerto, coño. Los psicólogos son la repera por no decir algo más grueso. Tengo una amiga, casi celestial, que trabajaba en un gabinete de sicólogos y los tíos (creo que con el fin de curarla después), le despertaron una depresión de padre y muy señor mío. No es que la invitaran al diván, no, sino que le jorobaron la autoestima (uso sus propios términos) hasta el punto de hacerla creer que era idiota, o tarada, o una pelota peluda rellena de perturbaciones y de complejos... La pobre ha ido a un psiquiatra para curarse de los psicólogos. Como diría Trillo: ¡Manda güevos! ¿Hay alguien que lo entienda? Y yo: mira chiquilla, mejor te vas a un cura que te consuele con el más allá, porque el más acá ya has visto cómo es. O si no, ponles una denuncia y que les frían un huevo (de Trillo naturalmente), pero por Dios, no te deprimas y que no te vea llorar. Es que he tenido que pedir la baja... Es que no puedo ni pasar por esa calle... ¿Qué calle? La de los sicólogos. ¡San Cristo, qué embrollo! Durante años pidieron reconocimiento social. Después mediante títulos, cursos, diplomas, tesinas, masters, tesis y palabrería mogollón se infiltraron en la cultura oficial y ya tienen reconocimiento para ejercer la profesión sin rubor y pronunciar palabras, como sicosis, paranoia, esquizofrenia, complejo de Edipo, neurosis y otras lindezas, como líbido y tu puñetero padre tiene la culpa, castrao, más que castrao. Y, mucho más grave: se han metido en la enseñanza ,de modo que no hay gabinete de orientación que no tenga un psicólogo para arreglar la cabeza del noventa y nueve por ciento de los alumnos, que son unos tarados antes y después de visitarlo. Ya saben el de aquel que fue al psiquiatra, doctor, que creo que tengo doble personalidad ¿Ah, sí? Pues siéntese ahí a ver si entre los cuatro conseguimos arreglarlo. La cosa es muy grave. Ahora el profesor no puede llamar tonto a un alumno tonto de solemnidad, para que, con el exabrupto, reflexione sobre la tontería que acaba de decir. ¡Oh, no! Lo traumatizaría. Tiene que reconducirlo, enviándolo al gabinete de orientación para que le den apoyo psicólogico: -Querido discente. ¿Cómo se llama? Ah, sí. Ignecio. Mire Ignecio, dada su propensión a la inepcia y su compulsiva tendencia a la parida, en lugar de gozar del tiempo de ocio en el espacio de ídem, tenga la bondad de pasar por el departamento de atención al cliente o gabinete de orientación. Y se queda pensativo el pobre profe y dice para su capote: -Anda y que te den por el... apoyo, merluzo. A las veces, el profesor se mete también a psicólogo, como si no tuviera bastante con ser sencillamente profe, y evalúa y diagnostica y se hace terapeuta y mete la pata en el noventa y nueve por ciento de los casos, pero al menos, tiene la ventaja sobre los sicólogos, porque el profe se suele poner, en el noventa y nueve por ciento de los casos de parte de la vida, y no de parte del tipo teórico que sale en los estudios psicológicos desde que Freud alumbró la criatura: el inconsciente, el ego, el superego y la madre que lo parió a todo ello. Y aquí te dejo, amigo lector, porque se me ha hecho un poco tarde y tengo consulta con el psicólogo que me está volviendo majara.

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