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León

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La soledad de los niños En una emisora de radio que suele dejar abierto su contestador para recoger las peticiones de sus oyentes se ha encontrado el otro día un mensaje conmovedor. Era una voz tímida y temblorosa que decía: «Soy Luci, tengo cinco años y quiero hablar contigo porque mis padres se van a separar y no me hacen caso cuando quiero hablar con ellos. En el cole no quiero contarlo y no sé a quien decírselo. ¿Puede contarse con menos palabras una soledad tan honda? El mundo está lleno de solitarios. Pero yo me pregunto si nos damos cuenta de que la soledad de las soledades es la que, de hecho, atraviesan en el mundo millares de niños entre cinco y diez años. Nos hemos inventado la idea romántica, verdadera en muchos casos, por fortuna, de que los niños son todos felices, viven en Babia, no se enteran del dolor del mundo. Los vemos, en sus juegos, escondidos detrás de sus sonrisas, y ni podemos sospechar que puedan ocultar dolores vivísimos y soledades interminables. Qué pocos son los adultos que reconocen que una de sus primerísimas obligaciones es hablar con sus hijos. No, pensamos, los niños son niños, no tienen nada que decir, nada que preguntar; que jueguen, que se distraigan, que nos dejan en paz. Es, ciertamente, más fácil enchufarles el televisor y ponerles un vídeo de dibujos animados, que sentarse a hablar con ellos, darles esa oportunidad, esa necesidad que tienen de charlar con nosotros. Acabarán un día hablando con una máquina, porque al menos han hablado con alguien. Y esto ocurre con los pequeños de todas las clases sociales pero aún más en los hijos de los ricos que en los de los pobres. Estos tienen mayor facilitad para hablar con sus compañeros de edad, pero ¡ay de los niños que viven rodeados de chachas que llenan a los pequeños de gritos, pero aún les escuchan menos que sus padres. Creo que nos moriríamos de vergüenza si un día lográramos penetrar en lo que los chavales piensan de nosotros. Recuerdo lo que me impresionó aquel párrafo de Romain Rolland en el que dice: No hay dolor más cruel que el del niño que descubre por primera vez la perversidad de alguien. Entonces se siente perseguido por el mundo entero. Y a un mundo que haya perdido el respeto al dolor de los niños ¿qué le queda? Marañón aseguraba que el adulto debe prestar ante el niño, porque pequeño que sea, el mismo respeto que ante Dios. Pero hoy no parece que abunde el respeto a Dios ni la preocupación por el daño que nuestros gestos y palabras puedan hacer a los niños que nos rodean. Anatolio Calle Juárez (Navatejera). En defensa del leonés como asignatura Creo que como asignatura extraescolar es positivo que se ofrezca el leonés, igual que es positivo que se ofrezcan distintos deportes y distintas lenguas y actividades. Teniendo en cuenta el lamentable estado de la enseñanza en este país, me parece bastante peligroso pensar en integrarlo en el currículo al mismo nivel que las matemáticas o el lenguaje. Me parece que recuperar un legado cultural es importante, especialmente cuando el leonés es lengua oficial en Portugal pero no en la tierra que le da nombre; pero creo que nadie debería llamarse a engaño calificándolo de «seña de identidad» o similar porque, por el motivo que sea, en León no es tal. Por desgracia los leoneses no nos sentimos identificados con la lengua que hablaban nuestros abuelos. Tampoco me parece muy normal que se ridiculice el leonés como opción extraescolar cuando muchos padres envían a sus hijos a pintura, bailes regionales o kárate, actividades todas ellas que, como pasaría con el aprendizaje del leonés, enriquecen la vida del niño y que en ningún caso creo que se deberían ridiculizar. Irene (Astorga) Ramiro Luengo (En la edición digital diariodeleon.es).

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