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FEDERICO ABASCAL
León

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EL FRANQUISMO acuñó la expresión «demonios familiares» para señalar que ese régimen había exorcizado al país de todo espíritu maligno, se tratase de la masonería, del comunismo, de la racionalidad sociopolítica o de cualquier idea que no sintonizase con la doctrina del sable o mereciera la ejecución sumaria. Pero llamar demonios a conductas de inspiración estrictamente humana, como el encono entre ideologías diferentes o entre intereses opuestos, supone llevar la magia a la vida pública, por lo que en este momento de nuestra historia, en el que se juntan el mismo día tres problemas -tensión extrema en el Tribunal Constitucional, delirio soberanista del lendakari Ibarretxe y temor en el «parlament» de Cataluña a que nuestro más alto tribunal rebaje niveles al «Estatut»-, pueden tentar a algún superviviente con memoria a diagnosticar que los demonios familiares han vuelto. La campaña electoral, con los apremios partidistas, emponzoña aún más las divergencias políticas, con los líderes culpándose de todos los males del Reino, y hasta brotando por generación nada espontánea unos ataques a la Monarquía, y a la dinastía que la representa, que además de estar amparados por la libertad de juicio y expresión, en este momento hasta se ven alentados por uno de los socios del gobierno de la Generalidad catalana. Todo eso crea un ambiente muy enrarecido, que la sociedad percibe y es de esperar que en algunos de sus sectores lamente, pero sin que hasta ahora se haya oído en la clase política más que una voz en defensa de la Corona, la del nacionalista democristiano catalán Duran i Lleida, a quien las opiniones de ERC le hacen estar «más que nunca al lado del Rey, más que nunca al lado de esta Monarquía». . Como era de esperar, Ibarretxe ya ha convocado su consulta/referéndum para el 25 de octubre del 2008, como si su célebre plan no hubiera sido rotundamente desautorizado por el Parlamento español, y en su tenacidad por seguir al pie de la letra «sus propias obsesiones», en expresión del socialista vasco José Antonio Pastor, traza la senda más eficaz para dividir cada vez más a la sociedad plural de Euskadi, en la que sólo las siglas nacionalistas aplaudieron ayer la convocatoria del lendakari frente a los dos partidos constitucionalistas, PP y PSOE, que la rechazaron. El Gobierno de España, en labios de la vicepresidenta de La Vega, replicó a Ibarretxe con sólo tres palabras: «Constitución, Constitución, Constitución». El asunto, sin embargo, no se resuelve sólo con palabras. Aún más preocupante es la maniobra que en el Tribunal Constitucional ha inclinado la balanza del lado conservador, tras la marginación de la presidenta María Emilia Salas, contra cuya prórroga en el cargo recurrió el PP. En ausencia de la presidenta, que se abstuvo en un asunto que la concernía, el sector de los conservadores falló a favor del recurso «popular», consiguiendo así mayoría en el tribunal por el voto de calidad del más anciano. La magistrado Salas ha sido despedida. Y el nacionalismo catalán teme una poda del «Estatut», por lo que Artur Mas, líder de CIU, por la mayoría conservadora del TC, en vista de lo cual pide al «Govern» una consulta, al estilo Ibarretxe, para que la sociedad catalana se manifieste.

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