VALOR Y PRECIO
Bendito, transitorio superávit
POR PRIMERA vez en la legislatura, el debate general sobre los presupuestos ocupa estos días la posición central que le corresponde en el debate político. Es verdad que una buena parte de ese debate remite a lo de siempre, es decir, a la capacidad de los diferentes territorios de presionar para captar inversiones; pero algún espacio parece que queda ahora para un elemento capital de los presupuestos, que en los últimos años ha estado fuera de foco: el saldo en superávit, superior al 1 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB). Claro que para cumplirlo deberá alcanzarse la previsión de crecimiento realizada antes del verano, y que acaso resulte ahora en exceso optimista. No hay duda, en todo caso, de que estamos ante una buena noticia, no muy frecuente por cierto entre nosotros. Porque la historia española reciente está plagada de todo lo contrario -fuertes déficit con efectos muy negativos sobre los precios o los tipos de interés- y no hubo un resultado en superávit hasta 2005 -grave confusión la de Mariano Rajoy al decir otra cosa, por mucho que deba reconocerse a los gobiernos del PP sus esfuerzos en favor de la estabilidad presupuestaria-. Y tampoco sobrará recordar que el superávit es una excepción en Europa, pues en 2008 se esperan déficit significativos para los principales países, y para el conjunto de la Unión Europea. El fortalecimiento financiero, a través de una reducción adicional de nuestra deuda pública, muy inferior ya a la media la eurozona, es un efecto virtuoso que debiera ser más valorado. Pero una vez reconocido todo lo anterior, es importante evitar una idealización trivial, y más aún la sacralización, de la propia noción de superávit. Primero, porque no le falta razón a algunos sectores que ven un cierto escándalo en la no utilización de esos excedentes para corregir algunas deficiencias y retrasos acumulados por nuestros sistemas educativo o sanitario. Con prudencia, de un modo gradual, evitando la tentación de aplicar medidas electoralistas aisladas, debieran darse pasos en esa dirección, que la propia dinámica de cambio social impone. Aún más importante es comprender que el superávit es consecuencia de la expansión, y que su mejor destino posible es usarlo para combatir las tendencias recesivas que, más a tarde o más temprano, aparecerán en el horizonte. Se trataría de salvaguardar la estabilidad presupuestaria no cada año, si no a lo largo del ciclo, compensándose déficit y superávit en las sucesivas fases, de pujanza y contracción. Es ésta una idea tan sencilla como acertada (y nada heterodoxa: fue desarrollada por un grupo de economistas suecos hace más de ochenta años), que ya iluminó, por cierto, la revisión del Pacto de Estabilidad de la UEM en 2004. Preparémonos, pues, para nuevos déficit en el futuro: no serán una tragedia si responden a un plan y si proceden, por ejemplo, de aumentos en la inversión en obra pública que compensen la ya segura caída de la construcción privada.