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ERNESTO S. POMBO
León

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ÚLTIMAMENTE no damos abasto con la cantidad de defensores de la Corona que nos están saliendo por todas las esquinas. Aquí nadie quiere quedarse fuera de juego y ser identificado con esas decenas de desequilibrados que les ha dado por quemar fotos del Rey como les pudo dar por romper farolas, que sería lo propio. Pero lo cierto es que nadie quiere ser sospechoso y ese afán lleva a alguno a hacer un ridículo espantoso. José María Aznar ha aprovechado la presentación de un libro para situarse convenientemente. Arremetió, muy en su estilo, contra los que atacan la Corona y contra los que se inhiben de defenderla. Y nos ha dejado a todos con la boca abierta. No hay que ser tibios en la defensa de la monarquía. Ni ningunearla. Ni despreciarla. Ni agraviarla. Ni humillarla. Que es exactamente lo que hizo durante ocho años quien ahora nos imparte lecciones de ética y responsabilidad. Para los de memoria deficiente están los periódicos, los semanarios de entonces y los libros de historia que nos dicen que la relación más problemática que el Rey mantuvo con un presidente democrático fue, precisamente, con José María Aznar. Y que nos recuerdan también aquella soberbia del «ahora no toca», cuando don Juan Carlos quiso viajar a Cuba, o lo de «a ese lo mando a...», o las muchas ocasiones en las que se saltó el protocolo, ocupando el puesto del jefe del Estado. Sin necesidad de tener que recordar otros muchos desplantes, como aquel de Ana Botella haciendo esperar a la Reina para almorzar con la mujer del presidente norteamericano. Así que lecciones, las justitas. Celebramos que quien quiso salvarnos de las malas compañías vuelva al reguero y se erija en uno de los primeros defensores de la Corona. Pero que no acuse. Que ya está bien.

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