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XOSÉ CARLOS ARIAS
León

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LOS PRECIOS se agitan y, con ellos, los debates acerca del estado de la economía española o europea. Habría que decir, antes de nada, que a pesar de las recientes subidas, seguimos viviendo en un entorno de inflación contenida, alejado del objetivo propuesto, pero en tasas habituales a lo largo de los últimos trece años de fuerte crecimiento. Y no hay razones para creer en un cambio drástico en esta situación, a no ser que hiciera acto de presencia un temible enemigo: las expectativas de mayor inflación futura. Pues es bien conocido que tal fenómeno meramente subjetivo tiende a producir comportamientos inflacionistas en la población -presiones más intensas por alzas salariales, preferencia consumista frente al ahorro, etcétera-, llevando a la formación de espirales en el crecimiento de los precios. Pero nada de esto tiene porque darse ahora. Una parte muy importante de las tensiones inflacionistas tienen su origen en los mercados mundiales de alimentos, debido a una pluralidad de causas. Recordemos el fuerte pulso de la demanda de productos agrarios en algunos países emergentes en pleno proceso de aceleración económica, o el alza sostenida en algunos costes fundamentales para el sector, como los carburantes o los piensos. Sobre todo esto, y también sobre algún otro factor que nos afecta más particularmente, como el pésimo funcionamiento -nada competitivo- de algunas redes de distribución, se ha discutido mucho durante las últimas semanas. Hay, sin embargo, un aspecto del problema que suele quedar más apartada de los focos, y es la naturaleza en sí misma inflacionista de la Política Agraria Común (PAC). A pesar de las muchas reformas parciales que en ella se han producido, la PAC sigue conteniendo mecanismos artificiosos de determinación de los precios, sistemáticamente por encima de los que resultarían de una dinámica estricta de mercado; en particular, el exhaustivo proteccionismo ante los productos del exterior contiene, no sólo una insoportable inmoralidad frente al mundo pobre productor de alimentos, si no también un elemento de irracionalidad económica para nosotros mismos. Por eso, retoques de esa política como el que hoy mismo se anuncia, y que están lejos de afectar a su núcleo, resultan de todo punto insuficientes. Y también debido a ello, no pueden merecer confianza aquellos políticos europeos -en primer lugar Nicolás Sarkozy- que presentándose como reformistas, se oponen con toda su fuerza a la reforma radical de la PAC.

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