Creado:

Actualizado:

EN TEORÍA, y según todas las previsiones anuciadas y no pronunciadas, el pasado martes debería haber sido el día en el que se presentase a los españoles, con Plácido Domingo al canto, la nueva letra del himno nacional. Seleccionada de entre casi un millar llegado a manos del jurado, auspiciado por la Sociedad de Autores y el Comité Olímpico, lo cierto es que aún no hay letra, y se mantienen las trece finalistas. Mal comienzo. Si uno fuese supersticioso, diría que lo que empieza así acabará en el peor de los destinos. Como uno no es supersticioso, pero sí cree en la lógica aplastante y en la tozudez de los hechos, uno sigue pensando que a la letra que finalmente se seleccione, Dios sabe cuándo, le sigue aguardando un triste final: que nadie la cante. Lo que se sabe es que el jurado no ha sido capaz, incumpliendo sus propios plazos, de escoger una letra para el himno. Se sabe también que la cosa ha sido llevada de un modo algo secretista. Y que se está tratando de contentar a todos, como si el señor Josep LLuis Carod-Rovira, un suponer, fuese alguna vez a cantarla a pleno pulmón. Ni tampoco, por cierto, la cantarán otros que expresan sus creencias de manera menos clara que don Josep Lluis. Y es que para sentir entusiasmo por una letra impuesta a un himno secular lo primero que debería haberse procurado era fomentar una mayor participación, generar unas expectativas razonables» y hacerlo bien. No es baladí la cuestión, ni mucho menos, por cuanto el himno, como la bandera, la Corona o el territorio, son elementos definitorios de nuestro Estado, ese Estado que lamentablemente tan escasas sensibilidades suscita en buena parte de la población de España. Lo peor de todo es lo que un miembro del jurado, en el transcurso de una conversación informal, le dijo a este periodista: «La letra que sí que era buena era la de Pemán». Escrita por el ilustre académico, como se sabe, allá por el año 1929, si la memoria no me falla. País.

Cargando contenidos...