León

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ALGUNOS periodistas nos reunimos ayer a celebrar, con un buen cocido, la festividad del patrón del gremio. Del oficial, San Francisco de Sales, y de la legión de santos tácitos que nos protegen, o por lo menos lo intentan: San Mensajero Sacrificado, San Sueldín, San Gazapo, Santa Errata¿Uno pertenece a la prehistórica generación de la máquina de escribir, cuando a eso de las siete de la tarde el estruendo de los teclados convertía las redacciones en jazz de carne y hueso. Los ordenadores nos hicieron a todos minimalistas. No es que sienta nostalgia de la olivetti, ni hablar, dios bendiga a Bill Gates, pero aquellas sinfonías no he vuelto a escucharlas, cuando las noticias sonaban y no podías dejar de marcar el ritmo con los pies. Crecí escuchando a mi padre aporrear su Underwood, ahora tam tam nocturno, ahora ráfagas de ametralladora, con los dedos tatuados por la nicotina. Escribo esta columna desde hace más de dos décadas y he sentido muchas veces la tentación de abandonarla para no cansarles, consciente de mis repeticiones, pero, me digo.., ¿y si un día se produce el milagro de la frase perfecta, esa que Hemingway reconocía haber estado persiguiendo a lo largo de toda su vida, una frase corta y que sea verdad? Una oración simple que se baste a sí misma¿ ¿puede haber anhelo mayor para el columnista? Una frase, ni siquiera un párrafo, que como epitafio profesional resuma y redima de las miles y miles líneas publicadas, que sea útil al lector desconocido, que cure una herida, que dé cobijo¿Pero quien esto escribe no es Hemingway, y aquí les traigo una columna más, con sus chuscas cabriolas, encomendado al santo patrón para que me ilumine con su benevolencia, dado que la frase perfecta hoy tampoco ha llegado. Y quizá no llegue jamás.

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