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MIGUEL PAZ CABANAS
León

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NOS lo ponen fácil. Luego dirán que nos dejamos arrastrar por la demagogia, cuando en realidad solo es la evidencia flagrante de que el orbe lo gobierna la banda de los amigos de la Señorita Pepis. Reunidos en la isla de Hokaido, los miembros del G-8 fueron agasajados en un banquete ceremonial con diecinueve platos -no doce o quince, sino diecinueve-, pocas horas después de que se negaran a adoptar medidas estructurales para paliar lo que amenaza con ser una hambruna de proporciones bíblicas. Los comensales se sentaron a una mesa preparada nada menos que por un chef francés galardonado con tres estrellas michelin (al que es de suponer pagaron el viaje al Japón) y sus viandas fueron regadas con caldos californianos y húngaros, además de con champagne La Rêve y borgoña Château Latour. No se sabe si alguno salió molido del ágape, pero es de prever que los problemas que pretendían afrontar adquirieron una perspectiva menos sombría. El caso es que esta semana algunos analistas políticos se lamentaban de la inoperancia del G-8, y echaban de menos la existencia de un órgano internacional capaz de consensuar soluciones para problemas que trascienden los ámbitos nacionales. Uno pensaba que la ONU, la OMS e incluso la CEE estaban precisamente para eso, pero a lo que parece se han convertido en monstruos parasitarios y burocratizados, cuando no en meros instrumentos de quien está ostentao en la sombra el poder. Mientras tanto, lo de siempre: unos mueven las muelas y a otros se les caen. Así nos va.

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