EL MIRADOR
Crisis económica, crisis democrática
LA DERROTA del plan anticrisis en el Congreso de los Estados Unidos ha sido no sólo un revés para la comunidad internacional, sino también una puesta en cuestión del liderazgo político en los Estados Unidos. La ley que debía haber habilitado al Tesoro a inyectar 700.000 millones de dólares a la economía USA mediante la compra de activos contaminados fue consensuada en la noche del domingo por los líderes parlamentarios, que matizaron cuidadosamente la propuesta para diluir en lo posible la sensación de que tan colosal ayuda estaba exclusivamente encaminada a salvar Wall Street, es decir, a los ricos norteamericanos; así por ejemplo, en la última redacción del proyecto ya se contemplaban también ciertos auxilios a las familias desahuciadas por no poder pagar su hipoteca... Pero, finalmente, los congresistas, que deben dar la cara en las urnas el próximo 4 de noviembre ante los electores, se han desentendido del problema. Los demócratas hubieran podido sacar adelante la ley por sí mismos ya disponen de la mayoría absoluta, pero no han querido cargar con todo el peso de tamaña responsabilidad (140 parlamentarios votaron afirmativamente y 95 en contra). Y los republicanos han dejado a su jefe de filas, el nefasto presidente Bush, en la estacada (133 han votado en contra y sólo 65 a favor). Pero no sólo Bush ha quedado en ridículo: también ambos candidatos presidenciales, McCain y Obama, que habían pedido el «sí» al rescate. Todo indica que los dos grandes partidos volverán a intentarlo a corto plazo ya que los síntomas de la economía norteamericana, que arrastra al sistema global hacia el pozo, son cada vez más alarmantes. Se establecerán en la propuesta nuevas cautelas, más ayudas a la sociedad civil, y quizá en breve plazo podamos respirar con cierto alivio. Pero lo sucedido dejará huella porque ha constatado un doble fracaso: el de un modelo capitalista sin frenos ni controles que ha entrado en crisis y que no puede sobrevivir sin la exorbitante ayuda del sector público, y el de un sistema democrático magmático e inoperante en que los representantes populares, desprestigiados, están más atentos a su propia popularidad en la circunscripción que los sostiene que a los grandes asuntos de Estado en que su país se juega el ser o no ser. Es evidente, en todo caso, que el liderazgo que ahora se echa en falta no ha de provenir tan sólo de la representación otorgada: requiere ciertas aptitudes superiores que, manifiestamente, Bush no posee. Resulta llamativo y preocupante que el país más avanzado de la tierra, no sólo en lo material sino también en lo intelectual, no haya podido encontrar para situarlo al frente a un personaje más brillante que el romo y vulgar Bush. La inquietante impotencia norteamericana para frenar la crisis, que ha repercutido contundentemente sobre todo el planeta en forma de quiebras en cadena, salvamentos a la desesperada de instituciones tambaleantes, hundimiento de las bolsas e incertidumbre general, pone además de manifiesto la impotencia de la comunidad internacional para sostenerse en pie cuando vacila el gigante norteamericano. Europa,es evidentemente una entelequia, incapaz de salir en socorro del deterioro USA o de mantener cierta autonomía con respecto a las crisis trasatlánticas.