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VICENTE PUEYO
León

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«LA NIEVE cruje como pan caliente/ y la luz es limpia como la mirada de algunos seres humanos,/ y yo pienso en el pan y las miradas/ mientras camino sobre la nieve». (Del poema Invierno , de Antonio Gamoneda).

Hay días extraños. Como si los hombres se hubieran vuelto buenos. Como si la esperanza fuera una palabra construida con un material indestructible. Por la mañana, a la hora del café, la poesía, la poesía empeñada en ser dimensión vital más que ornamento, crujía en el Hostal de San Marcos de la mano de Antonio Gamoneda y Andrés Sorel quien en su libro recién aparecido, Iluminaciones, se ha adentrado en el Gamoneda íntimo de los años de la inocencia turbada, el miedo, la perplejidad y el frío. Sorel dijo que detrás de la poesía de Gamoneda, en su fundamento, late «un hombre de todos los tiempos» aludiendo a la necesidad de que no se dé la espalda a la voz de lo esencial, de que no se pierda definitivamente el rumbo de lo que da sentido a la vida, de lo que nos hace hombres de verdad, en una época en el que todo está comandado por «el nuevo dios de la Historia: el dios mercado».

Pocas horas más tarde, en medio de una expectación universal, Barack Obama, buscaba entre la multitud esa misma limpia mirada que iluminaba el paseo de Gamoneda entre la nieve y lanzaba al aire un discurso esperanzado en el que latían algunos mensajes esenciales: la voluntad de cambio y la necesidad de prepararse para una «nueva era». Y también, al referirse a la más que preocupante situación de la economía, echó al aire una reflexión sencilla, ataviada de utopía, pero sugestiva: «esta crisis nos ha recordado que, sin vigilancia, el mercado puede descontrolarse y que una nación no puede prosperar durante mucho tiempo si favorede sólo a los ricos». No es que abominase de las leyes del mercado, de hecho también reconoció su poder «sin rival» para generar riqueza, pero la matización anterior abre sendas hacia un profundo y urgente cambio de actitudes.

Quizá se han depositado demasiadas esperanzas sobre los hombros de Obama pero, en estos prolegómenos de su mandato, estamos condenados al optimismo. Sobre todo si volvemos la vista atrás y contemplamos el desolador panorama dejado por su antecesor. Todo es manifiestamente mejorable. También es cierto que el poder de la oratoria, luminosa, casi poética en el caso de Obama, no es capaz, por sí sola, de generar ese cambio. Pero no podemos dilapidar esa energía positiva, planetaria, que ha generado el relevo en el país más influyente y poderoso de la Tierra. Es tiempo de ir a la esencia, de buscar miradas limpias, y de reclamar la presencia de los mejores en los puestos de mayor responsabilidad. De ir cambiando el paradigma como muy bien proponía el profesor Ángel Alonso en un estupendo artículo publicado ayer en este periódico ( La Universidad y los cuernos de la crisis ): que ganar dinero deje de ser el ídolo, que no sea un objetivo sino un instrumento. Y que palabras como responsabilidad y compromiso sean las que alcancen la mayor cotización en el «nuevo mercado». El escepticismo es mucho; la labor, inmensa; pero la otra opción es continuar con la barbarie y caernos todos al abismo. Es tiempo de elegir.

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