TRIBUNA

Aniversario de un Valbuena montaraz y zahareño

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León

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EN ESTOS MALOS TIEMPOS que corren, preludio -”barrunto-” de peores, está bien dedicar algunos minutos al buen humor sin tener que cruzar la frontera de la patria chica para lograrlo. He recibido y leído atentamente el libro del profesor Joaquín Serrano Serrano que hace un amplio y minucioso estudio de la obra de nuestro paisano, el poeta, narrador y polemista, natural de Pedrosa del Rey, Antonio de Valbuena (1844-1929), del que se cumplen este año ochenta años de su muerte. Confieso que sobre Antonio de Valbuena he sentido curiosidad y cierta atracción. Y lo hago, no sólo por coterráneo y alumbrado a este mundo justamente cien años antes que yo -”lo cual siempre concita algún interés-”, sino por su estilo ingenioso y mordaz, capaz de despertar esa contracción de los músculos de la cara que llamamos risa o sonrisa, alegre y exclusivo movimiento d e humana virtud. Lo que no obsta para que el lexicógrafo Julio Casares recriminase a Valbuena sus excesos jacarandosos, advirtiéndole que los tiempos cambian y obligan a meditar la «triste diferencia que hay entre hacer reír a costa ajena y servir de irrisión a cuenta propia» ( Crítica efímera ).

Apenas rebaja mi estima el hecho de que Valbuena fuese ideológicamente furibundo católico, tradicionalista y conservador a ultranza, confesionalidad por la que nunca dejó de brindar a sol y sombra hasta su muerte, y por la cual yo no siento un apego irreprimible: «Siendo tan español y tan católico -”dejó dicho Valbuena en su etapa carlista-”, ya no necesito decir que soy anti-revolucionario; y lo soy en efecto; enemigo a muerte de la revolución». El hecho de tan exaltado nacional-catolicismo no le impidió asestar toda suerte de puyazos a prohombres de la Iglesia católica, como la suerte de varas que infirió al obispo de León, Francisco Gómez Salazar, en Ripios aristocráticos : «Este pobre señor Gómez Salazar, que a duras penas podía servir para sacristán de una parroquia, fue nombrado obispo de León, por obra del gobierno liberal de Sagasta que en aquel entonces padecíamos y allí estuvo diez y ocho años haciendo estropicios en la diócesis, hasta que la perturbación de sus facultades se hizo tan notoria que fue preciso darle sucesor y retirarle al convento de Montes-Claros, donde acaba de morir idiota». Tampoco su catolicismo ultramontano le impidió rejonear a Montes de Oca y Obregón, obispo de San Luis de Potosí, en Ripios ultramarinos : «Le suplico, pero muy encarecidamente, que queme todos los versos que ha escrito hasta ahora y no vuelva a escribir más en su vida. Sí, señor obispo de Potosí: por el amor de Dios, eche usted a la lumbre el libro de los Bucólicos griegos y el otro de los Ocios , bien persuadido de que, sin perder nada en ello la literatura, ganará mucho la Religión, y no lo desmerecerá su propia conciencia».

En la lidia crítica, ninguna persona pública con cargo, obra, familia, títulos, actos, defectos incluso físicos, etcétera es devuelta a los toriles, por no adaptarse a los valores éticos, estéticos o ideológicos de este pedrosino apodado «El Melladín de Pedrosa, por su labio inferior mellado. Tampoco se libran de su muleta eminentes hombres de letras como Marcelino Menéndez Pelayo, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, Rubén Darío, etcétera. De Miguel de Unamuno se burla, en Corrección fraterna , de su competencia poética con unos cuantos quites por chicuelinas: «Hay rimas muy dulces, a las cuales no se parece el soneto de usted sino como el áspero guarrear del cuervo al dulce canto de un ruiseñor, o como el gruñir de un animalejo de la vista baja a una sinfonía de Beethoven. De manera que de su soneto lo que se puede sacar en consecuencia no es que la forma poética debe desaparecer, ni que los sonetos sean cosa despreciable, sino que usted es un desdichado intruso a quien no le llama Dios por ese camino».

En la mofa ingeniosa, Valbuena banderillea tanto al político: «Una vez salió diputado por... casualidad, y otra vez por...el mismo distrito»; como al poeta cuando, en el tercio, le sale al paso de sus versos, utilizando la técnica del eco, esto es, a cada verso responder con otro verso que lo ridiculiza: «Miro al mar y en fantástica quimera...» («Sí, sí -”dice Valbuena-”, mire usted todo lo que quiera»).

El marqués de Heredia compone los siguientes versos: «¿Por qué mi amor olvidas, / y te burlas ingrata de mis celos, / y necios apellidas / mis mortales recelos, / mis amantes enojos, mis desvelos...?». Y Valbuena le descabella una y otra vez: «Mis... mis... mis... Si cuando leyó usted por primera vez esta poesía tenía usted gatos, no hay que decir el movimiento que se armaría en casa». El lúgubre deleite del relamido señor Arenillas, cuando se figura su muerte junto al crucifijo y, rodeado de sus familiares, escribe el verso: «¡Con qué placer, Dios mío, me moriría...»., no es impedimento para librarle del cachetero de Valbuena en Corrección fraterna : «¡Hombre!... tanto como placer... Me parece que exagera usted un poco...Bastante le sería a usted morir con tranquilidad...Pero, claro, la tranquilidad es tan larga, que no entraba en la medida del verso. La cual, en unión del consonante, es causa de que, muy a menudo, los que se meten a poetas sin serlo, ensarten desatinos».

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Dios me libre de inclinarme por una opción científica de orden psicológico para explicar la contumaz propensión de nuestro bien humorado paisano a zaherir sin piedad a tanto emplumado personaje. Si bien es variada la forma en que el individuo procede a liberar sus energías, tal vez la soltería o celibato de Antonio de Valbuena podría ser explicación a su exacerbado criticismo. Si la renuncia a la hembra en materia sexual -”bien por voto de castidad, impedimento físico, misoginia u otras causas-” no le hubiera ahorrado a Valbuena quemar energías en el tálamo, probablemente no le habrían quedado tantas para volcarlas sobre sus víctimas, contra las cuales tanto y tan desaforada e impiedosamente se ensañó.