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pedro trapiello
León

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Tal y como se ha portado este primaverón que se acaba, será de anotar y añorar. Olvídate en los próximos treinta años de volver a ver esas laderas cabreiresas tan esporpolladas de escobedo o roble matojo y entintadas en violetas de urz o amarillos de carqueixa, olvídate de ese verdear exagerado y florido en cada cuneta donde reinan malvas, mielgas, avenas locas o pan de pajaritas... y olvídate también de estas amapolas que ves ahí, un metro de altas, campanudas las tías y con pétalos como pañuelos de color margaretastor para que se oiga bien lejos su grito desesperado de náufragas supervivientes expulsadas de sus viejos dominios en los mares del trigo, confinadas hoy a islotes baldíos o cunetas, malqueridas, fulminadas por herbicidas y desamores. Olvídate.

En Cáceres saben muy bien que esta ha sido una primavera excepcional, fecunda. Prodigiosa y poco repetible, dice De Irujo, que tiene en esas tierras su terruño, su corazón y su campeo. Allí los estiajes primaverales son más frecuentes, pero este año tienen flequillo de hierba caballar hasta las peñascas tiesas de Monfragüe y parecen esponjones o escarolas los musgos y hierbajos que crecen en las albardas de cada tapia, por no decirte que los líquenes de teja o piedrona se han inflado como tortitas de maíz verde azufrado.

Cuando el agua conquista la aridez y el secarral impenitente, tiene estas cosas, se hincha el suelo y se desentierra un prodigio que quiere crecer todo lo más alto que pueda para alcanzar a dar un beso de gratitud a la mismísima panza de las nubes, esa ubre enorme de la que llovió un día la leche que mamaron. La vida es el agua... y ¡el agua es la leche de lista, qué poder!

Un metro cúbico de arena del peor desierto contiene, según las enciclopedias, más de veinte mil semillitas de algo. Sólo esperan la compasión de unas nubes que llevan siglos ausentes. Riega tú esa aridez absoluta y verás qué ocurre. Recordarás que en las ruinas de Massada, en aquel cerro cerril del desierto de Judea, se encontró hace poco una semilla de dátil de hace dos mil años. La sembraron y ya es palmerita que sueña con su palmero.

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¿Y cómo puede uno estar muerto dos milenios sin morirse?... Pues teniendo fe en el agua y creyendo en nubes.