Llamada y seguimiento
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Tal vez hoy más que nunca se de en ambientes eclesiales la aparente desproporción entre los esfuerzos invertidos y los frutos conseguidos. Y es lo más natural del mundo preguntarse: ¿por qué tanta desproporción?, ¿por qué tantos encuentros, meditaciones, charlas, retiros, cursillos..., para que surjan tan pocas vocaciones, tan reducidos grupos de cristianos que van un paso más allá del cumplimiento?, ¿por qué tanta indiferencia ante los problemas de la Iglesia y de los hombres...? La tarea de anunciar el Reino no es fácil; eso de entrada. El propio Jesús, Maestro y maestro en estas lides, tuvo serias dificultades a la hora de realizar su misión; acabó con un grupo reducido y aun éstos le abandonaron en los últimos momentos.
¿Por qué trabajar por el Evangelio? Una de las cosas más elementales que deberíamos intentar conseguir (quizá también sea de las más difíciles) es qué hacer para interesar a las personas por el mensaje de Jesús. Gran parte de las energías se gastan en pretender mostrar a los demás cómo deben vivir, pero pocas veces nos esforzamos en mostrar por qué hemos de vivir así. Hablamos del cómo, pero rara vez del por qué.
Dios no es el que nos obliga y nos exige, sino el que nos ama, nos ofrece, nos da su vida sin esperar a cambio otra cosa más que nuestra aceptación de su don. Dios no nos destruye cuando nos apartamos de Él, sino que repite una y otra vez su llamada para que sigamos su camino. Jesús se vuelve y reprende a quienes querían hacer bajar fuego del cielo para destruir aquella aldea samaritana poco hospitalaria. Dios no necesita nuestro cumplimiento cabal para sentirse «más Dios», y luego agradecernos nuestros buenos servicios. Él nos ha amado primero, nos ama siempre, no por nuestros méritos o por nuestras buenas obras, sino porque sí. Dios no nos mira desde la lejanía y la distancia, Él manda a su propio Hijo para que se haga uno de nosotros y así amarnos a todos con el amor que lo ama a Él. Dios no nos propone un plan caprichoso para medir nuestra fidelidad: Dios quiere que seamos personas, que lo seamos del todo, que lo seamos para siempre, que avancemos hasta alcanzar el límite superior de nuestras posibilidades; respeta nuestra libertad para que lo aceptemos aÉl o para que lo rechacemos; y, aunque le demos la espalda, nos sigue queriendo. Porque Dios nos ama. Este era el Dios que presentaba Jesús; éste era el Dios que él quería darnos a conocer; éste es el Dios en quien hemos puesto nuestra fe... Pero no siempre es éste el Dios que anunciamos. Aunque tengamos muy buena voluntad, no lo haremos mejor por seguir nuestros criterios humanos a la hora de anunciarlo; hemos de aceptarlo y anunciarlo tal y como es. Dios es amor.
Por eso, nuestra tarea es acompañar en el descubrimiento de ese Dios que enamora, encandila y seduce; de ese Dios que nos deja absortos y, al mismo tiempo, nos pone en marcha. Sólo si es por amor nos moveremos; sólo si es por amor seremos capaces de seguirle; sólo si es por amor seremos discípulos.